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Palabras de vida

08 noviembre 2019 | Por

Palabras de vida

Aquilino Martínez | El mes de noviembre siempre empieza poniendo nuestra mirada en Todos los Santos. Todos, los conocidos y los desconocidos. Necesitamos, de vez en cuando, elevar esta mirada a los santos, para darnos cuenta de que es posible vivir las bienaventuranzas. Este es el Evangelio que nos propone la Iglesia para este día. Las bienaventuranzas, cada una de ellas, nos resultan más evidentes cuando las vemos reflejadas en personas de carne y hueso. Personas que intuyeron, en ese sermón del monte, el proyecto de Dios para la humanidad y tuvieron la valentía de sumarse a él. Fueron, ya aquí, personas dichosas, felices que, con su testimonio, propusieron al mundo otro tipo de felicidad, al estilo de Jesús. Ahora, forman parte de esa «muchedumbre inmensa…, de toda nación, razas, pueblos y lenguas» que participan de la Bendición y el Amor de Dios.

Cuando pensamos en esa «muchedumbre inmensa» que está viendo a Dios, no podemos dejar de pensar en los nuestros, en aquellas y aquellos que formaron parte de nuestra historia personal pero ya no están con nosotros, o lo están de otro modo. Nuestro recuerdo es una memoria agradecida. Nuestras mejores flores pasan por llevar a la práctica las actitudes que aprendimos de ellos y que nos han hecho crecer como personas y cristianos. En el día de Todos los Fieles Difuntos alimentamos y reavivamos nuestra esperanza en que están junto a Dios, apoyados en las palabras de Jesús: «Volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros». Están también junto a nosotros, alentándonos en nuestras luchas y en nuestro caminar diario. Nuestro recuerdo y solidaridad para con aquellos que mueren en el anonimato, lejos de su gente querida, quizá en algún mar y o en alguna guerra perdida.

El domingo XXXI volvemos a encontrarnos con la figura de Zaqueo, ese pequeño-gran hombre, cuya curiosidad le llevó a encontrarse con Jesús y transformar su vida. Jesús se «cuela» por cualquier rendija que le dejamos abierta. La insatisfacción de Zaqueo, aunque lo tuviera todo, y su curiosidad por conocer a ese maestro nuevo fueron suficientes para que Jesús entrara en su casa y lo «revolviera» todo: «La mitad de mis bienes se los doy a los pobres…». Cuando uno se deja mirar por Jesús, cuando le abre las puertas de su casa, todo cambia y la salvación es posible.

En el domingo XXXII nos encontramos a un Jesús empeñado en defender la resurrección de los muertos, frente a aquellos que la niegan. Recurre a la misma historia de la salvación. El Dios de la Alianza, que, desde la zarza ardiendo, se dirige a Moisés expresándole su preocupación por el pueblo y su deseo de liberación, es un Dios de la Vida. Jesús ha venido a transparentar al Dios de la vida y de los vivos: «No es un Dios de muertos sino de vivos». Y lo es, especialmente, para aquellos que la sociedad da por muertos, los descartados.

Se nota que estamos llegando al final del año litúrgico. La Palabra de Dios tiene un tono más apocalíptico. En el domingo XXXIII Jesús está en el templo de Jerusalén y, ante la admiración de algunos por lo que están viendo, «relativiza» la belleza y la grandiosidad de lo que se ve: «No quedará piedra sobre piedra». No es para introducir miedo. Jesús siempre ha subrayado lo contrario: «No tengáis miedo». Su intención es que ayudemos a Dios a construir una humanidad no basada en la estética, en la apariencia, sino en los verdaderos valores. Nada material de este mundo es eterno, ni siquiera los grandes sistemas económicos. La salvación de este mundo es posible si perseveramos en los valores evangélicos, que ponen a la persona humana y su dignidad por encima de todo.

El último domingo del año litúrgico pone la mirada en Jesucristo, Rey del Universo. No es un rey como los de este mundo. El Evangelio de hoy nos muestra cómo es este Rey y cómo es su reinado. Reina desde la cruz, es decir, desde la entrega y la fidelidad máxima al proyecto de Dios. Reina desde la solidaridad con los crucificados de este mundo: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Reina desde el perdón hacia aquellos que le están crucificando. Reina reconciliando a todos y aportando verdadera paz, como confiesa san Pablo: «En Él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz».

 

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