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A mi trabajo acudo (I)

29 julio 2019 | Por

A mi trabajo acudo (I)

Marta Sanz | Escritora1.

El trabajo, en nuestra literatura, ha sido un tema poco fotogénico. Desprestigia la literatura, entendida como sustancia arcangélica, porque la lleva hacia el terreno de las relaciones de poder y, en definitiva, hacia lo político que, en determinadas épocas, se piensa incompatible con lo artístico.

Exceptuando algunas pinceladas europeas, voy a tratar de hacer un repaso –una amputación– circunscrito al ámbito que conozco un poco: el de la literatura española. Ahí, en principio, el trabajo de los artesanos, campesinos y campesinas, costureras y fresadores, nunca fue especialmente representado. Los protagonistas de las historias eran los cides y los guerreros, los reyes, los traidores, las esposas fieles cuyo oficio era ese: la fidelidad, la maternidad, el reposo del guerrero. Había estilizadas vaqueras de la Finojosa y serranas que quedaban ahí retratadas, no como trabajadoras, sino como inspiradoras de un amor interclasista, muy literario. El trabajo andaba un tanto desprestigiado en una sociedad idealista de mentalidad aristocrática. Las pastoras y los pastores hablaban en verso y con calambures, y los caballeros andantes mataban endriagos y dragones.

El Lazarillo retrató una España de ciegos, sirvientes, escuderos, clérigos, una España de hambrientos en la que la comida –la pezuña de vaca, el queso, el vino como alimento desinfectante y desinfectado– era fundamental y todo el mundo aguzaba el ingenio para ganarse la vida trabajando lo menos posible. Porque el trabajo no solo cansa, como diría mi compañero Isaac Rosa, gramscianamente, sino que además mancha. En la picaresca esa demostración del ingenio para la supervivencia, más allá de la honradez laboral y de la honradez en general, revela el pentimento de un país perezoso y mezquino.

De las Novelas ejemplares al Quijote Cervantes plasma ese momento de crisis ideológica y económica: los delincuentes del patio de Monipodio conviven con los extemporáneos caballeros andantes y con los venteros, los licenciados y los Sanchos y Teresas Panzas, las Maritornes y las Sanchicas. Las Dulcineas ideales parecen ser ya solo efecto de la fiebre. Cervantes se sentía más cómodo con los valores del idealismo, pero no podía cerrar los ojos a las transformaciones sociales a las que asistía… Tal vez por eso en el arranque de El Quijote, de nuevo, la comida tiene un gran protagonismo: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda».

Comida y trabajo. Subsistencia. Juntos y de la mano. Durante mucho tiempo. En las novelas de Rafael Chirbes la sofisticación de los gourmets en la era del pelotazo socialista va ligada a los nuevos oficios de un neoliberalismo, histérico y burbujeante, que anunció la crisis.

Por su parte, la mayoría de las comedias del XVII español las protagonizaban los nobles, y el criado solo podía tener el papel de gracioso. No voy a entrar en el terreno de Pedro Crespo, labrador y alcalde de Zalamea, cuyas mayores virtudes son el honor y el respeto fanático a la figura del rey.

No voy a entrar en el aristocratismo implícito de un pueblo reducido a respetuosa gente de orden. En las comedias del Barroco, los criados son súcubos o pillos que nada tienen que ver con los criados retratados un siglo más tarde por Fielding en su maravilloso Tom Jones: allí el resentimiento de los pobres y de los servidores es genuino. El hecho de que los criados tuviesen que ser graciosos a la fuerza limita su discurso a la métrica menos noble. No sé yo si un criado podría hablar en décimas. Era una cuestión de decoro, que nos debería hacer pensar en lo difícil que es, no solo retratar, sino dar voz a los trabajadores y trabajadoras en los textos literarios. Nunca el fondo y la forma de la literatura fueron más indisolubles.

Quevedo habla de que «poderoso caballero es don Dinero» y, en su crítica a la plutocracia, no hay censura del noble, sino estigmatización del trabajo como medio para amasar una fortuna. Mientras tanto, una digna aristocracia empobrecida no está dispuesta a mancharse las manos…

El papel del trabajo, en la literatura de los siglos de Oro en España, refleja la ideología dominante de un mundo en transformación que se ancla en el antiguo idealismo y en la rigidez de las jerarquías. Eso en un contexto donde quienes escriben comienzan a tomar conciencia de que desempeñan un oficio y que, más allá del peloteo a los mecenas, va apareciendo un pequeño mercado, un mercadito, del que, aludiendo a Cervantes, habló Juan Carlos Rodríguez en El escritor que compró su propio libro. Ese pecado o esa pulsión después la hemos cometido o practicado muchos y muchas. Así que, junto al retrato del trabajo en la literatura, también podríamos empezar a hablar de la literatura como trabajo: hoy quienes nos dedicamos a estos oficios padecemos un cuestionable amparo laboral y a la vez hemos perdido el aura de sacerdotes del templo de la literatura.

La situación no es buena en una sociedad donde la cultura está desprestigiada y la democracia en peligro. Esta idea la abordo en Clavícula, un texto híbrido donde se hace hincapié en la especial precariedad de las mujeres en todos los ámbitos laborales. El sobreesfuerzo. El cansancio. La concentración en un solo punto doloroso del cuerpo de la injusticia, la desigualdad y la precariedad económica. La imposibilidad de separar lo físico, de lo psíquico y de lo económico, sobre todo, si se mira desde una perspectiva de género.

La rentabilización de lo vocacional en las tareas artísticas y académicas es un hecho sobre el que reflexiona la escritora Remedios Zafra en su ensayo El entusiasmo.

En el siglo XVIII, el de las luces y el racionalismo, creo que la laboriosidad está un poco más prestigiada. Incluso en el territorio órfico de la poesía: así lo ponen de manifiesto obras, tan parodiadas y poco valoradas por los letraheridos, como la Oda en alabanza a un carpintero llamado Alfonso, de Nicasio Álvarez Cienfuegos.

El desprecio, el afán, y la amargura;
tal fue de Alfonso el galardón sangriento.
Sacrificado a la inmortal fatiga,
¿cuál fruto recogió? La parca dura
debilitando su vital aliento
desde el mismo nacer, hizo enemiga
que en trabajo inclemente
fuera estéril sudor el de su frente.

1 Este artículo tiene dos partes. La segunda y última se publicará en el  número de septiembre de la revista Noticias Obreras.

 

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