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Guillermo Fernández Maíllo: «La integración se debilita y la exclusión se enquista»

26 julio 2019 | Por

Guillermo Fernández Maíllo: «La integración se debilita y la exclusión se enquista»

Olivia Pérez Reyes | Este sociólogo por la UNED y trabajador social por la Universidad Pontificia de Comillas ha coordinado el VIII Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social en España que recoge la realidad que es, no las que ves, no solo por amor a la verdad sino porque sin ese conocimiento, no habrá decisiones acertadas.

¿Para qué sirve el VIII Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social en España?

Este VIII Informe FOESSA va a servir para ayudar a reflexionar sobre si la acción social que hacemos ayuda a cambiar la realidad; para pensar si nuestra acción debe girar o debe perseverar. Deberíamos abrir una conversación colectiva, por ejemplo, sobre la irresponsabilidad que supone haber acogido a apenas una décima parte de las 17.000 personas refugiadas a las que España se comprometió a acoger en 2015. Es verdad, como dice Bauman, que «responsabilizarse absolutamente, sin límites y sin excepciones, por el bienestar de un «otro» (y con ello, presumiblemente, de todos los otros) tal vez sea un mandamiento hecho a la medida de los santos»; pero la consecuencia de reconocer nuestra limitada condición humana debe ser «fijar límites a cuán lejos se puede llegar para cumplir con esas responsabilidades (de satisfacer el deber moral) sin caer en el extremo contrario, el estado de ceguera moral».

¿Cómo se está produciendo la transición de nuestro modelo social?

La gran recesión de 2008 resulta de la culminación de un proceso de contrarreforma social profunda que nos enfrenta a la encrucijada de naturalizar sus efectos o de reinventar un nuevo humanismo. Una crisis económica que ha terminado convirtiéndose en una crisis de legitimidad del sistema político y sus instituciones. Una crisis ecológica, que está y estaba en el centro mismo del modelo social, que pone en riesgo la propia existencia material de la sociedad. El proceso de cambio de época histórica en el que estamos inmersos está haciendo emerger un tipo de ciudadanía sustancialmente desconfiada, individualista y meritocrática.

¿Cuáles son los principales riesgos sociales?

La desvinculación social no solo se está produciendo respecto de los sectores excluidos de la sociedad, sino que está reconfigurando el propio espacio de la sociedad integrada; o los riesgos sociales derivados de los fenómenos demográficos que no han encontrado todavía respuesta en nuestras pautas y mecanismos de protección social.

También destaca el riesgo de la desigualdad, que traba la movilidad social y el desarrollo de las capacidades en el porvenir. Se está imponiendo el discurso de que el éxito final reside en la consideración del empleo como un privilegio y no como un derecho. La inmigración se rechaza, pero se necesita.

¿Cuáles están siendo las consecuencias?

Vivimos una sociedad donde la integración se asienta sobre unas bases cada vez más débiles y la exclusión se enquista en la estructura social, avanzando en la desigualdad entre los jóvenes más expuestos y los mayores más protegidos.

El acceso a una vivienda digna se convierte en un derecho inaccesible para muchas familias, que sufren la inseguridad y la inadecuación de su hogar. El desempleo es una realidad persistente y ahora menos protegida, que, junto con la precariedad, manifestada en temporalidad, parcialidad e itinerarios cíclicos, generan trabajadores pobres y excluidos. Inaccesibilidad a la vivienda y mala calidad en el empleo van de la mano como generadoras de exclusión

Las personas con bajos ingresos y en exclusión participan menos en los procesos electorales, registrándose una alta abstención en los barrios más desfavorecidos, lo que provoca que la voz de los excluidos desaparezca de los procesos electorales y cuestiona la calidad de nuestra democracia.

Se consolida la mayor exposición de las familias con niños y la juventud a la exclusión social. Las desventajas de las mujeres para vivir de forma integrada afectan a todas las dimensiones de la exclusión social, destacando la brecha de ingresos en el empleo y en las prestaciones, el mayor riesgo de empobrecimiento, su acceso más precario a la vivienda y la mayor exposición a situaciones de aislamiento social.

Al menos desde el informe anterior se dice que el trabajo no es ya suficiente para sacar a las personas de la exclusión. ¿Qué alternativas van tomando forma?

Más allá de los esfuerzos que está realizando la economía social y específicamente la economía solidaria no se están desarrollando nuevos mecanismos que impacten en las personas con necesidades de inclusión social.

Las respuestas posibles a los mismos se están centrando en tres grupos. Por un lado, las políticas de rediseño de la regulación laboral, las políticas de formación y las políticas de complementos salariales, que no alterarían la forma de lidiar con el desempleo y que seguirían dependiendo de las políticas tradicionales de protección social. Por otro, alternativamente, se pueden poner en marcha programas de empleo garantizado que ataquen el desempleo directamente y no mediante la política tradicional expansiva basada en inyectar demanda efectiva y dejar que el mercado genere, a su conveniencia, el empleo. No es una medida nueva, pero la posibilidad de que las administraciones públicas se responsabilicen directamente de ofrecer una opción de empleo a los desempleados es vista con desconfianza, ya que el monopolio del empleo lo tiene el mercado en las economías capitalistas. Por último, se puede plantear la creación de un tercer ámbito de trabajo, más parecido al trabajo de mercado en cuanto que tendría una remuneración explícita, pero distinto de este, tanto por la forma de organizarlo (por la administración y entidades sin ánimo de lucro) y, sobre todo, por la forma de asignar el trabajo: qué producir, para quién producirlo y cómo producirlo.

¿Qué respuestas estamos dando a las consecuencias de la Gran Recesión?

El Estado de bienestar español se puede calificar como low cost, bajos niveles de ingresos públicos y una preferencia relativa por el «gasto social compensador». Los servicios esenciales y prestaciones económicas se han ido recuperando muy lentamente y de manera desigual. Paralelamente, la colaboración del Tercer Sector de Acción Social de España, un sector consolidado y maduro, puede y debe hacer compatible su vocación prestadora de servicios y su función reivindicativa.

El pacto sobre la solidaridad intergeneracional, como el conjunto del Estado del Bienestar, es sostenible económicamente, pero para ello hay que consolidar dos procesos, uno de reforma del modelo fiscal y otro de resignificación cultural de la fiscalidad.

¿Qué necesitamos entonces?

Todas las personas tienen el derecho de pertenecer a una comunidad y este derecho solo puede ejercitarse como el resultado de compartir un conjunto de responsabilidades individuales y colectivas que lo fundamenten. Tenemos que reflexionar sobre la vinculación social como un nuevo derecho.

La inclusión social por la vía del trabajo se ha convertido en una de las principales incertidumbres debido los efectos de la revolución digital. Disponemos de una batería de nuevas y viejas políticas sociales que podrían compensar los efectos de la revolución digital y el capitalismo exacerbado sobre el desempleo…, pero hay que potenciarlas, discutirlas, llegar a acuerdos e implementarlas.

Es necesario que prestemos atención al surgimiento de nuevas formas de relacionarse, tanto en la vida económica, como en la vida política y en las relaciones sociales. Un conjunto de innovaciones que intentan hallar modos alternativos de enfocar los intercambios sociales y que, a pequeña escala, presentan muy interesantes resultados. Las carencias han hecho emerger formas de innovar el bienestar social clásico asociado en el ámbito estatal, en políticas sociales de proximidad desarrolladas desde los ámbitos locales.

¿Cuáles son esas «nuevas y viejas políticas sociales» para mejorar la situación de las personas desempleadas?

La primera de ellas sería facilitar la adaptación de los trabajadores a los nuevos tiempos tecnológicos. Esta estrategia exigiría redoblar los esfuerzos en la tradicional, y no siempre exitosa, política de formación, reciclaje y aprendizaje a lo largo de la vida.

La segunda se centraría en la adaptación del sistema de protección social y laboral a las nuevas formas de empleo, lo que probablemente signifique actuar simultáneamente en dos frentes: evaluar la necesidad de mejorar la protección social a los trabajadores con relaciones no estándares de empleo, y reforzar los mecanismos de control y legislativos para impedir la creación en la práctica de nuevas relaciones laborales fuera del paraguas de la protección social y laboral.

La tercera supondría desvincular bien el empleo, bien los ingresos, total o parcialmente, del funcionamiento del mercado de trabajo y de la participación de las personas, como oferentes de trabajo, en el mismo. Esta política se podría vehicular mediante tres tipos distintos de medidas: a) programas de empleo garantizados; b) creación de una renta básica universal; c) diseño de programas de complementos salariales.

Y mientras se desarrollan estos tres mecanismos, de manera urgente y provisional, habría que reforzar el mecanismo actualmente existente de política social, las Rentas Mínimas de Inserción.

Necesitamos a las personas inmigrantes. En la mayoría de los casos, se encargan de los cuidados. ¿Cómo podemos avanzar hacia una sociedad integradora?

Siendo positivos y poniendo en valor todo lo que aportan, y, sobre todo, luchando contra la mentira y el miedo. La población española es de las más integradoras de Europa. Solo el 4 % de la población destaca la inmigración como el primer problema que tenemos. Empujar el miedo a la inmigración es irresponsable y alejado de los valores universales del evangelio ¿Quién está cuidando de nuestros hijos e hijas o de nuestros mayores cuando la familia no puede o no existe? Una gran mayoría de ellas son inmigrantes. Y como contrapartida, les pagamos, en demasiadas ocasiones con la economía sumergida. Tenemos que hacer un ejercicio de empatía con quien tiene miedo, y explicarle que el sentido de la hospitalidad también incluye el respeto al que acoge.

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