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Clamor de la Tierra, clamor de los pobres

23 mayo 2019 | Por

Clamor de la Tierra, clamor de los pobres

Araceli Caballero | El próximo día 24 se cumplen cuatro años de la encíclica Laudato si’. Lo menos que puede hacer una sección cuyo nombre casi coincide con el subtítulo de la carta (Sobre el cuidado de la casa común) es adelantarse a la celebración del primer lustro.

Lo primero que hay que decir es en que este tiempo sus planteamientos no han perdido relevancia (fuera de echar aún más de menos una cierta perspectiva de género); en todo caso, sus llamadas han ganado en urgencia.

La novedad del tema en este tipo de documentos, el compromiso con problemas tan graves, la complejidad y coherencia de sus argumentos, la pertinencia de los ejes que la constituyen, entre otros aspectos, ya fueron subrayados cuando fue publicada. En la modestia de esta sección quiero hoy subrayar, insistir, traer de nuevo al presente cómo no se limita a hacer lista de desgracias más o menos verdes y de recomendaciones. Va al fondo de la cuestión en el diagnóstico –«No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental»–, en el tratamiento –«Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza»– y en señalar la raíz del mal: «Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores [de la Tierra], autorizados a expoliarla».

 Me parece especialmente relevante la integración de respuestas políticas y cotidianas. «La obsesión por un estilo de vida consumista, sobre todo, cuando solo unos pocos puedan sostenerlo, solo podrá provocar violencia y destrucción recíproca. (…) Un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una sana presión sobre los que tienen poder político, económico y social. Porque si los ciudadanos no controlan al poder político –nacional, regional y municipal–, tampoco es posible un control de los daños ambientales».

Esto, como es obvio, no se consigue con la mera suma de bienes individuales: «La conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria». Resulta, pues, imprescindible el compromiso de todas las instancias sociales, colectivos e instituciones. «También a la Iglesia (…)».

La primera vez que leí la encíclica me gustó especialmente con qué claridad señala las trampas del «capitalismo verde». «El discurso del crecimiento sostenible suele convertirse en un recurso diversivo y exculpatorio que absorbe valores del discurso ecologista dentro de la lógica de las finanzas y de la tecnocracia, y la responsabilidad social y ambiental de las empresas suele reducirse a una serie de acciones de marketing e imagen. Por el contrario, una estrategia de cambio real exige repensar la totalidad de los procesos, ya que no basta con incluir consideraciones ecológicas superficiales mientras no se cuestione la lógica subyacente en la cultura actual». Lo que viene a ser «un modelo de vida, de gozo y de convivencia no consumista».

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