
El amor a los enemigos es uno de los rasgos más fundamentales y más chocantes de la fe cristiana. No se puede ser cristiano sin amar a los enemigos. A lo mejor, tanto como enemigos, no tenemos; pero seguro que hay gente que te cae verdaderamente mal, a la que detestas, con la que no congenias, a la que desprecias –por sus ideas, por su vida, por su forma de pensar o de actuar- y con la que no piensas dar un paso para crecer en comunión: compañeros de trabajo, vecinos, gente de la parroquia o del barrio, compañeros de sindicato o adversarios políticos… o que quizá te tratan a ti así. No disimules. Hoy te toca orar por ellos.
7º Domingo TO