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En la plaza, a vueltas con la laicidad

28 septiembre 2018 | Por

En la plaza, a vueltas con la laicidad

Maite Valdivieso | Estamos en la Plaza Nueva. Esto es un ir y venir de personas, familias, jóvenes, mayores, gentes de aquí y de allá, rostros diferentes, lenguas y acentos que nos trasladan a otras latitudes, criaturas que corretean, músicos callejeros, migrantes con mil abalorios y algunos paraguas.

Me fijo en los balcones: carteles de «se vende», banderas que dan la bienvenida a los refugiados, flores multicolores… ventanas abiertas y otras cerradas por el sol o quizá evitando que se cuele el ruido exterior.

Gentes que disfrutan del tiempo libre, una conversación o debaten asuntos de trabajo… Alguien comenta: «¡Luego dicen que hay crisis!»… ¡Cuánta diversidad!

Distintas formas de vida, modos de pensar, culturas, valores, sentimientos y emociones. Faltan muchas personas, invisibles, descartadas. Aquí también está el edificio Barria que acoge las áreas pastorales de nuestra diócesis, tienen su sede los movimientos de Acción Católica, las Comunidades, el Instituto Diocesano de Teología y Pastoral, Misiones… Y como con las cerezas que se enganchan unas a otras, se van encadenado pensamientos.

Bien podría ser esta la imagen del «atrio de los gentiles» del antiguo templo de Jerusalem. Un espacio que todo el mundo podía recorrer y permanecer sin distinción de cultura, lengua o confesión religiosa. Un lugar de encuentro y diversidad.

Una intuición que el papa Benedicto XVI invitaba a recuperar: «Pienso que también la Iglesia debería abrir una especie de “atrio de los gentiles” donde los hombres pudiesen, en cierta manera, acercarse a Dios sin conocerlo y antes de haber encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio está la vida interna de la Iglesia».

Nuestras puertas y ventanas abiertas a la vida de la plaza, la polis, con lo que implica: sociedad, convivencia humana, legislación, organizaciones, política, economía, educación, salud, trabajo y podemos seguir añadiendo un largo etcétera. Todo lo que afecta en lo cotidiano a nuestros proyectos de vida, nuestra humanidad.

Este es nuestro lugar. «Cristianos laicos, Iglesia en el mundo». Como dice Ecclesiam suam, 27: «La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio». Evangelli gaudium recuerda: «El pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora y en este sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo» (EG 183). Y nosotros en ella.

¿Cómo entablar ese diálogo? Son muchos los análisis que señalan que nuestro mundo vive de espaldas a Dios, la poca significatividad de la Iglesia, el desconocimiento del mensaje evangélico, el rechazo de lo religioso como algo trasnochado, que coarta la libertad del ser humano.

Somos conscientes de las dificultades que en cada momento histórico han suscitado y suscitan las relaciones fe-cultura, fe-política, Iglesia-mundo, Iglesia-Estado, la dimensión pública de la fe. No podemos obviar ni la historia, ni los prejuicios, ni las condenas, ni los desencuentros.

Tampoco podemos renunciar a seguir preguntándonos: ¿qué presencia debe tener lo religioso en el espacio público? ¿Ha de limitarse únicamente a la esfera de lo privado? ¿Qué postura tomar de modo responsable como creyentes ante la cuestión pública?

No podemos renunciar a la construcción de la Casa Común, a ser fermento de fraternidad. Las tradiciones religiosas, el Evangelio, los diversos humanismos tenemos una aportación importante que hacer en relación con el buen funcionamiento de la democracia, la prioridad de la persona, la defensa de los derechos humanos, la solidaridad, la justicia.

Recuerdo el sugerente título del libro de Javier Vitoria: No hay territorio comanche para Dios. Nos habla de la urgencia de reivindicar que Dios es contemporáneo de los hombres y mujeres de nuestra cultura, aunque al mismo tiempo sea contrario a sus males, señalando la inexistencia de territorios humanos prohibidos para Dios.

«Territorio comanche» es allí donde Dios se convierte en testigo molesto, airado y literalmente furioso por lo que pasa en el mundo, allí donde se amontonan las víctimas de la barbarie, y donde se nos sugiere dar marcha atrás. El comienzo de Gaudium et spes no deja lugar a dudas: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón».

Reconocer la laicidad como valor, la consistencia propia de la realidad humana que nos sitúa ante el reconocimiento de la diversidad, la pluralidad en las formas de acceder a la verdad sobre nuestra humanidad, no desde la uniformidad de una cosmovisión, ya sea religiosa o laica. Buscando juntos. Benedicto XVI habla de «sana laicidad» que nos vacuna contra el laicismo excluyente y los confesionalismos que se imponen por la fuerza siendo incompatibles con la dignidad humana. Superar fundamentalismos, soñar otro mundo posible, superar esta economía y esta cultura que disuelve lo humano.

El carácter constitutivo de la democracia implica que las comunidades religiosas asuman el carácter laico de la sociedad y que la comunidad política lo haga de igual modo con el carácter público de la religión y su valor para la construcción de la vida social. Cuando la comunidad política realiza correctamente su finalidad de búsqueda del bien común, sirve eficazmente a las personas. Cuando la Iglesia proclama el Evangelio y es signo de comunión y servicio a los empobrecidos, realiza una aportación fundamental al bien común y a la vocación del ser humano a la comunión. Por eso es posible y deseable la colaboración mutua y la vivencia de la tolerancia.

Nos viene bien recordar una afirmación del documento Católicos en la vida pública: «El reconocimiento práctico de la dignidad de la persona da a la vida social y pública un verdadero contenido moral cuando las instituciones, las normas, los proyectos y los programas sociales, o políticos tienden al reconocimiento efectivo de las exigencias del ser y del actuar del hombre».

¡Nos encontramos en la plaza!

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