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Lo débil de Dios es más fuerte

23 marzo 2018 | Por

Lo débil de Dios es más fuerte

Fernando Díaz Abajo | El trecho final de esta Cuaresma nos lleva hasta el mismo Domingo de Ramos, preludio de la Pasión de Jesús. Culmen de las experiencias más duras que vive Jesús en su existencia humana. Es el devenir aceleradamente entrelazado de hondos acontecimientos de su existencia: la pasión, el rechazo, la traición, el abandono de sus discípulos, el conflicto llevado al extremo, la soledad, la sensación de fracaso de su vida y la terrible sensación de experimentar, por un instante, el abandono de Dios (Mc 14, 1-15, 47).

Pero no hay dolor sin esperanza, ni esperanza sin entrega. La esperanza siempre surge transida del dolor humano, porque es ahí donde cuaja. La vida es una mezcla armónica de situaciones que hace precisamente que sea vida. La nevada que nos limita contiene en sí una inmensa belleza y, a la vez, es preludio de la primavera. Las dificultades de toda lucha contienen en sí gérmenes de victoria y son anuncio de liberación. La vida entregada por amor, que cae y se gasta, es semilla de vida resucitada (Jn 12, 20-33). La vida herida por la deshumanización que vivimos cada día, es la que se transforma en blanda tierra, capaz de acoger la semilla del Reino. El mal, por astuto y fuerte que sea es menos profundo y verdadero que el bien. La vida es más grande y fuerte que la muerte. Lo débil de Dios es más fuerte que los hombres (1Co 1, 25).

El camino de la Cuaresma nos va marcando una dirección: humanizar nuestra existencia poniéndola en sintonía con Dios y con los pobres. Nos invita a dejarnos habitar por este Dios rico en misericordia (Ef 2, 4), para ir renaciendo a una vida nueva de discípulos, capaces de escuchar, de dejar que Dios nos espabile cada mañana hasta que aprendamos, por fin, a amanecer en la gran luz de su misericordia (Is 50, 4-7). Nos propone dejarnos moldear por el amor de Dios y el proyecto del Reino, para hacer su voluntad; para ser discípulos. Y en este tramo final nos enfrenta a lo más radical de nuestra propia existencia: solo la vida entregada por amor nos salva; solo la entrega de nuestro Dios en la entrega de nuestra propia vida. Solo la radical confianza en el Amor, que nos sostiene, nos permite vislumbrar y alcanzar la meta de la Resurrección y la vida.

Ley de vida (Ex 20, 17) es la que nos ofrece la Palabra de Dios este mes, un regalo de la misericordia desmesurada de Dios; una ley de vida que es compromiso entre Dios y su pueblo: una nueva alianza (Jr 31, 31-34), capaz de transformar nuestra existencia en una vida de discípulos. Una propuesta de vida que solo se nos hace accesible si, como Jesús, estamos dispuestos a llevar hasta el final nuestra parte del pacto: fiar en el amor de Dios, siempre, en toda circunstancia, contra toda esperanza, sosteniendo el empeño de vivir su voluntad, sostenidos por su Gracia. Una propuesta de vida que solo es posible vislumbrar si estamos dispuestos a llegar hasta el final, gastándonos, sembrándonos, muriendo para resucitar.

La Cruz es la explicación y el desvelamiento de todo ello. Hacia ella nos encaminamos, porque la voluntad de Dios no es que el mundo se condene, sino que salve por Jesucristo (Jn 3, 15).

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