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A propósito del Día Mundial por la Justicia Social

29 enero 2018 | Por

A propósito del Día Mundial por la Justicia Social

Maite Valdivieso | Tras el acuerdo de la Asamblea General de la ONU cada 20 de febrero se celebrará el Día Mundial de la Justicia Social. Tal vez pensemos ¡un día más con lema para el calendario! ¿No tenemos ya demasiados «Día de…»? ¿Tienen alguna utilidad? ¿Para qué sirven? Total, ¡mañana será otro día!, y… a otra cosa «mariposa».

La respuesta nos la da la propia Asamblea General en muchas de las resoluciones en las que designa tal o cual fecha como Día Internacional. Se trata de sensibilizar, concienciar, llamar la atención, señalar que existe un problema sin resolver, un asunto importante y pendiente en las sociedades para que, a través de esa sensibilización, los gobiernos y los estados actúen y tomen medidas o para que los ciudadanos así lo exijan a sus representantes.

Se comenta cómo suele llevarse a cabo una descripción de la situación, cuáles son los aspectos que más preocupan al respecto, indicando también qué caminos o acciones sería adecuado poner en marcha para poner solución al problema. Pero me gustaría destacar especialmente un aspecto, sirven de termómetro para conocer cuál es el interés que un asunto despierta en una determinada región. Y comentan que basta con observar cómo la popularidad de cada Día Internacional varía por regiones e idiomas. Destacan que son significativos el 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos o el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, por ejemplo.

Esta Jornada dedicada a la justicia social busca apoyar la labor de la comunidad internacional encaminada a erradicar la pobreza y promover el empleo pleno y el trabajo decente, la igualdad entre los sexos y el acceso al bienestar social y la justicia social para todos. Un principio fundamental para la convivencia pacífica y próspera, dentro de cada país y en la relación entre ellos.

Pongámonos pues el termómetro: ¿cómo andamos de justicia social en nuestro mundo, en nuestra realidad más cercana? El siguiente texto de Guillermo Rovirosa lo refleja bien: «La injusticia ocupando el puesto de la justicia. El favoritismo económico, social y personal usurpando el lugar de lo que exige la ordenación cristiana de las cosas, la brutalidad, el abuso y el odio organizando, campando con fines políticos. El orgullo y la soberbia elevados a la dignidad de dioses… No importa que millones de personas carezcan de lo más necesario para llevarse a la boca. No importa que la falta de vivienda sea un problema angustioso y palpitante. No importa que millones de seres hayan de emigrar, en un peregrinar sin descanso, a causa del orden que se sostiene por la fuerza. No importa que el pueblo esté sojuzgado. No importa la mordaza que pesa sobre las fuentes honradas y justas de la información. No importa el desorden de unos pocos nadando en la mayor opulencia y de otros innumerables padeciendo hambre crónica. No importa todo este desorden, con tal que la tranquilidad, confundida con el orden, siga reinando». Un texto escrito a finales de los años 50 del siglo pasado y que podríamos haber rescatado de cualquier informe actual.

Hoy sigue siendo urgente desenmascarar ese «orden establecido», dejar de mirar hacia otro lado, romper con el conformista «no hay nada que hacer», que normaliza el economicismo capitalista que se ha impuesto como forma de vida y debilita el «hambre y sed de justicia» que brota de la misericordia. Como dice E. Wiesel: «lo que más daño hace a la víctima no es la crueldad del opresor, sino el silencio del espectador».

Necesitamos indignarnos, reivindicar, continuar la lucha por la defensa de la dignidad inviolable de la persona que, a lo largo de la historia, han protagonizado y siguen impulsando tantos movimientos emancipatorios, que expresan un valor central en el proyecto humanista de la modernidad: el valor de la lucha por la justicia y, muy unido a él, el valor otorgado a la política (la actividad del ser humano para construir vida social) como instrumento de construcción de una sociedad más humana. Movimientos por la construcción de la democracia en la vida social, los movimientos obreros, los movimientos feministas, los movimientos ecologistas, los movimientos pacifistas, los movimientos de solidaridad con los empobrecidos, los movimientos por otro mundo posible, etc. Todos ellos han hecho aportaciones muy importantes para las personas y han contribuido y siguen contribuyendo a humanizar la sociedad.

Comenta J. L. González Faus que «la tradición cristiana solía decir que la mayor victoria del demonio (el mal) es convencernos de que no existe y eso mismo puede decirse hoy de la injusticia». Necesitamos romper con ese círculo diabólico donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Es urgente acabar con su dinámica infernal, romper con el silencio, decir la verdad, exigir responsabilidades, sufrir con, proteger a quién es más vulnerable, hacer «de los últimos, primeros». Necesitamos recuperar la justicia. Un valor que solo se capta en su profundidad y que solo puede ser recuperado, desde el amor que mira a las víctimas y se vuelve compasión, fuerza capaz de cambiar la propia vida y de impulsar la búsqueda de la transformación profunda de la realidad. Hacer verdad el Proyecto de Comunión que encarna Jesús de Nazaret, la solidaridad con las víctimas, desvivirse por los otros, para dar más frutos de libertad, paz, justicia. Vivir en definitiva desde el Amor.

Como expresa Lucía Ramón, recordando a las obreras que en 1912 gritaban «¡Queremos pan, pero también rosas!», reivindicar «la justicia de las rosas», la justicia entrañable sanadora de la persona y de sus relaciones, que va más allá de la justicia distributiva, porque hace posible una vida nueva, plenamente humana, una vida liberada e íntegra, libre de cualquier dominación, liberada para amar, gozar y crear más vida». 

¡Sí! Sigue teniendo sentido una Jornada Mundial por la Justicia Social. Sensibilizar, concienciar, llamar la atención, señalar que existe un problema sin resolver… Se necesita sobre todo actuar.

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