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El negocio de la soja

20 febrero 2017 | Por

El negocio de la soja

Paco Porcar | Desde hace algunos años se habla de la «República Unificada de la Soja» para referirse a la expansión del cultivo de la soja en países como Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay. El 60% de la tierra cultivable en Argentina, un porcentaje similar en el sur de Brasil y casi el 80% en Paraguay ya están sembradas de soja, casi toda transgénica.

El cultivo de la soja se ha ido convirtiendo en pilar muy importante de la economía de exportación de estos países. Se trata de una opción política favorable a los intereses de grandes multinacionales que cuenta con el apoyo entusiasta de la inmensa mayoría de los dirigentes políticos de la región, que suelen presentar este cultivo como una gran oportunidad económica. Hay mucho silencio sobre los graves problemas que este «modelo sojero» supone. Los intereses en torno a él son muy poderosos. Sin embargo, están creciendo las resistencias y las críticas. También crecen los problemas de quienes se enfrentan a esta situación. Por ejemplo, recientemente, en la Universidad Nacional de Rosario (Argentina) se ha clausurado la oficina donde están archivadas más de 96.000 historias clínicas de personas de cuatro provincias argentinas que, según los investigadores que trabajan con familias de víctimas de este modelo de la agroindustria con un uso masivo de transgénicos y productos químicos, padecen enfermedades que no existían en la región antes de la instalación en ella de multinacionales como Monsanto y Bayer.

Los críticos hablan de un «neocolonialismo» que reserva a América Latina el papel de exportador de materias primas con escaso valor añadido. En este caso, soja transgénica producida con biotecnología de grandes multinacionales y exportada a China para dar de comer a los cerdos o a Europa para fabricar biodiesel. La versión más extendida es la soja patentada por Monsanto. Este negocio tiene consecuencias muy importantes y produce daños sobre los recursos naturales, el medio ambiente y las personas. Así lo valora un investigador: «El comercio agrícola mundial puede ser pensado como una gigantesca transferencia de agua, en forma de materias primas, desde regiones donde se la encuentra en forma relativamente abundante y a bajo costo, hacia otras donde escasea y es cara… La “sojización” es una maquinaria de hambre, deforestación y devastación socioecológica».

La contaminación ambiental y los daños sobre la salud de las personas que provocan los productos agroquímicos utilizados en el cultivo de la soja están cada vez más documentados. Junto a ello, el acaparamiento de tierras y agua, la contaminación de sistemas hidrológicos, la deforestación…, suponen una negación del derecho a la tierra de muchas familias. Los pueblos indígenas son con frecuencia los grandes perdedores, pues en muchos casos los cultivos de soja se extienden por sus territorios. Los desalojos son frecuentes, también el hostigamiento y las agresiones. Particularmente en Brasil sufren una gran presión por parte de grupos armados. En Paraguay, junto a los indígenas, también están siendo gravemente afectados los campesinos que viven de otros cultivos: la soja ocupa ya el 80% de la tierra cultivable en un país en el que, además, solo el 2% de la población acapara el 85% de la tierra. La deforestación es brutal en Paraguay: el bosque atlántico paraguayo ha perdido ya cerca del 85% de su extensión.

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