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¿Difícil, necesaria, sana…? laicidad

27 julio 2016 | Por

¿Difícil, necesaria, sana…? laicidad

Pino Trejo | Estos tres adjetivos se esfuerzan por calificar un término nada fácil de definir, sobre el que se generan muchas ambigüedades y que en su concreción práctica, un Estado laico, una sociedad laica, encontramos muchas objeciones, dudas y desconciertos.

De entrada, la primera confusión resulta de si laicidad y laicismo son sinónimos como conceptos o si son dos valores totalmente diferentes y hasta incluso opuestos. En este campo podemos encontrarnos con personas y grupos que se posicionan de un lado y de otro. Esto en vez de ayudar a clarificar términos lo que provoca es mayor dificultad para posicionarse, para poder dialogar partiendo de las mismas premisas y para poder llegar a entendernos.

Nuestra posición es considerar la laicidad como el valor que construye y el laicismo como la deformación de la laicidad, no porque destruya sino porque excluye la aportación de lo religioso en la construcción de la vida social.

Una vez que ya nos hemos definido como valedores de la laicidad, volvemos a los adjetivos del principio: difícil, necesaria y sana. Los tres expresan un estado, bien actual o bien deseable. Los tres recalcan, no su propio significado, sino la importancia de reorientar este valor hacia su verdadero y profundo sentido.

Así cuando se dice la «difícil laicidad» se está queriendo atraer la atención en los obstáculos que en nuestra sociedad estamos poniendo para construir la realidad desde la pluralidad y la diversidad, porque cuando se impone una sola cosmovisión sin aceptar las creencias, valores e ideologías de otros, estamos atentando contra la libertad de conciencia de las personas.

Con esta actitud lo único que conseguimos es alimentar una forma de fundamentalismo, que como tal se cierra al otro, niega que pueda tener una parte de verdad en lo que opina, predica, cree; nos perdemos la oportunidad de recibir lo mejor de los demás, de enriquecernos con ese matiz diferente, pero también desaprovechamos la ocasión de ofrecernos, de darnos. Y, claro, de esta manera eso de buscar juntos la verdad sobre el ser humano ni siquiera se contempla.

Otra dificultad es que nuestra cultura ha desterrado el hecho religioso como elemento de la formación de la conciencia y como aspecto fundamental de la ética social. Se ha cambiado a Dios por dios dinero, dios mercado, dios progreso. La idolatría economicista se ha adueñado de la mentalidad y de los comportamientos, desprecia todo aquello que no le haga juego, que no le siga el juego. Es una gran apisonadora que uniforma lo que coge a su paso.

De esta manera se confina la fe al ámbito privado, reduciéndola a un mero sentimiento, una emoción personal, que se relaciona más con lo «mítico» que con la experiencia transcendental que es. La vivencia de la fe no puede quedar recluida en nuestra interioridad, en nuestra individualidad, sino que necesita de una expresión pública, de una repercusión social que visibilice nuestro Amor al mundo y nuestro compromiso con él y que emana de nuestra fe.

La «necesaria laicidad» demanda tomarse en serio lo humano afirmando la dignidad humana. Rechaza la indiferencia, tan extendida en nuestra cultura, y afirma que lo que le da profundidad y radicalidad es poner en el centro a la persona.

Una sociedad donde el sufrimiento queda eliminado por incómodo, porque no casa con el sistema, porque no va con nosotros, es una sociedad que excluye, que margina que empuja a las personas a la cuneta, al exilio. Ante el que sufre no podemos pasar de largo e inhibirnos de nuestra responsabilidad para con el prójimo. El Buen Samaritano no solo recoge al caído, sino que le procura el cuidado después de la caída y se asegura que lo reciba. La preocupación por el otro no tiene tiempo de caducidad.

Lo «necesario» es reconocer que el punto de encuentro entre fe y laicidad es el ser humano y que desde ahí podemos ir construyendo una cultura más humanizadora, que se realiza desde la diversidad y que está abierta a la experiencia religiosa.

La «sana laicidad» aboga por la libertad religiosa, por garantizar a cada confesión el libre ejercicio de actividades espirituales, culturales, educativas y caritativas; por la libertad a pronunciarse sobre los problemas morales que interpelen la conciencia de los seres humanos, afirmando aquellos valores que dan sentido a la vida de la persona. Porque estos valores ante todo son humanos y como cristianos debemos defenderlos.

Lo «sano» es abrirse al diálogo entre fe y razón, porque de esta forma se hace más fecundo el camino hacia el verdadero progreso, hace más eficaz el ejercicio de la caridad en el ámbito social y promueve la colaboración entre creyentes y no creyentes. Así, en ese trabajo compartido por la justicia y la paz, vamos construyendo la convivencia sobre valores verdaderamente humanos que irán configurando este mundo no desde la lucha y la competencia, sino desde la integración y la búsqueda.

Respetar y valorar a la persona por encima de nuestras ideas, nuestras creencias es el camino para ir estableciendo esa nueva forma de relacionarnos que Jesús nos enseñó: el Amor. Solo desde el amor podremos realizarnos y contribuir a que la sociedad también se vaya ordenando humanamente.

La verdadera laicidad se reconocerá por su afirmación de la dignidad humana, por la libertad de conciencia, de religión, por la diversidad cultural, por la inclusión, por el diálogo entre diferentes, por la escucha y no la condena, por la búsqueda del bien común.

Pero si por algo se caracterizará será porque girará en torno a los excluidos, a los últimos, a los que la sociedad ha descartado y olvidado. Porque en las víctimas es donde está Dios, él tomó partido por ellas.

Debemos preguntarnos si en verdad estamos dispuestos y dispuestas a abrir bien los ojos, ver el sufrimiento del mundo, dejarnos mover el corazón, y sentir que alguien nos empuja a aliviarlo y a incidir en las causas.

Si la respuesta fuera afirmativa, tendríamos que asumir el siguiente paso: «Yo soy una misión» (EG, 237)

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