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Escuela Equipo de Murcia. Una apuesta singular por la formación integral

30 abril 2015 | Por

Escuela Equipo de Murcia. Una apuesta singular por la formación integral

Con casi 350 alumnos y un claustro compuesto por una treintena de profesores, el colegio Escuela Equipo de Murcia figura como un centro concertado más en la red pública de la Región de Murcia. Sin embargo, guarda una historia muy singular, mezcla de ilusión, participación y superación.

En los primeros años de la década de los 70 del siglo pasado arreciaban los vientos de cambio. Los sueños parecían estar al alcance de la mano, mientras que las organizaciones sociales, algunas clandestinas, otras simplemente toleradas y algunas legalizadas de hecho tomaban posiciones. «Muchos adultos estaban ya formándose en el nuevo clima participando en asambleas, educándose en valores, interviniendo en movimientos sociales, de sindicatos, asociaciones de vecinos, mientras que sus hijos seguía recibiendo la educación cerrada y obsoleta de antes», rememora Antonio Moreno Poyato, uno de los primeros maestros de la Escuela Equipo y militante de la HOAC de Murcia.

El impulso originario de este proyecto educativo parte de «un grupo de gente inquieta que creían en la formación integral para formar hombres y mujeres nuevos, con actitudes y competencias para una democracia a estrenar y que quería poner en práctica una pedagogía renovadora», según relata Moreno, casado con María de las Huertas Díaz, también maestra. El núcleo de personas inicial que respaldaba la idea estaba compuesto por todo tipo de personas, aunque la presencia de maestros de la Acción Católica, de militantes de la HOAC y de miembros de la Institución Teresiana se dejaba sentir con fuerza. No en vano, en Madrid ya se había puesto en marcha la Escuela Equipo en la que participaba el que fuera durante tantos años consiliario de la HOAC y de las mujeres de Acción Católica, Don Tomás Malagón.

Padres, madres, maestros y colaboradores sensibles a los problemas de la educación consiguen la cesión de una casa vieja en el Barrio de La Flota que había sido donado para crear una parroquia. Moreno recuerda que «durante la semana era un aula de preescolar y de primero de primaria y en el fin de semana se recogía, se guardaba el mobiliario, para que pudiera haber misas y reuniones».

Con lo que se puede y como se puede, la escuela comienza a andar, con el objetivo de «llegar al pueblo necesitado y más marginado». Empiezan dos maestros, «con mucho sacrifico y mucha solidaridad». La metodología que se quiere implantar no tiene cabida en el sistema estatal. Es necesario dar con verdaderos profesionales, muy alejados de la figura del tecnócrata al servicio de la autoridad vigente, por lo que se cuenta con recién salidos de las facultades, entusiastas de las corrientes pedagógicas más innovadoras.

La opinión de los alumnos, la responsabilidad de los padres y las madres va a contar mucho. En el aula se desarrollan asambleas, puestas en común y el trabajo en equipo. Las familias deben, según sus posibilidades, hacer frente a los gastos. Pero también pueden aportar trabajo voluntario, ya sea en el mantenimiento de las clases, con las compras o en la elaboración y servicio de las comidas.

La zona empieza a desarrollarse y la escuela se queda pronto muy pequeña. Surge la necesidad de buscar un nuevo acomodo. Hay que elegir un lugar donde el proyecto pueda tener buena acogida, no solo entre quienes habían hecho ya la opción por una educación diferente sino también entre quienes pueden acabar simpatizando con esta nueva filosofía, por más que desconozcan todo de ella. La búsqueda se centra en la zona de la Cordillera Sur de Murcia que, por su tejido social y el buen recuerdo dejado por los maestros de la república, parece un sitio idóneo. Finalmente, en la calle de Torre de Romo, en una zona de casas baratas, se adquiere una «casita», gracias a las donaciones voluntarias.

Ya son tres los cursos, uno de parvulario más dos de primaria, en funcionamiento. Al poco, se adquiere la casa de al lado. «Los padres, las madres, los profesores y gente sensible se encargan de la albañilería, del transporte, de hacer la comida, de las compras… Son padres “hacedores”, hay una comunión total de acción y también de bienes. Se lograr crear una línea, poco a poco, sin muchos maestros, sin grandes instalaciones, pero haciendo equipo», matiza Moreno. Más tarde se trasladarán ya al Barrio del Progreso. Durante un tiempo, la escuela cuenta con dos sedes separadas.

Los defensores del proyecto caen en la cuenta de que para aplicar la nueva metodología hay que crear un equipo de maestros comprometidos que asegure la continuidad en cada etapa. Los docentes siguen formándose en cursillos, las familias siguen de cerca la marcha del centro. La historia está de su parte. La democracia ya es un hecho. La Ley Orgánica del Derecho a la Educación (LODE) de 1985 acepta la educación privada, tanto el modelo de los colegios religiosos como aquellas escuelas herederas de la iniciativa de los maestros de la República.

La Escuela Equipo no termina de encajar en las leyes. La administración exige un edificio bien preparado para poder subvencionar el centro. La comunidad educativa vuelve a ponerse en marcha: unos y otros acuden a los bancos para conseguir préstamos de 25.000 euros cada uno para poder comprar un solar y edificar… Aparece una «persona muy generosa e implicada» que pone una herencia recién recibida al servicio del proyecto.

La escuela se hace con un terreno en medio de un cañal. El proyecto de edificación se encarga a unos arquitectos pero a la hora de trabajar toda ayuda es bien venida. «No teníamos dinero, pero teníamos cabeza y teníamos manos», corrobora Moreno, quien recupera aquel «espíritu solidario que flotaba en el ambiente». Las familias colaboran para cortar la caña, hacer la cimentación…, hay campañas en busca de apoyos hasta por los pueblos colindantes. Nuevas familias se suman y envían a sus hijos a la escuela. No faltan simpatizantes y colaboradores. «Nuestra idea era realmente hacer escuela pública, quizás más que muchas escuelas estatales muy burocratizadas», se jacta este maestro que ha sido casi de todo en la escuela: coordinador, logopeda, maestro de educación especial, encargado del aula de la naturaleza. Como complementos a la labor fundacional y como vías de financiación alternativas, se añade una academia de clases particulares y un centro de alfabetización de adultos.

En 1990 se aprueba La Ley Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE). «En cierta medida, la LOGSE reconoció lo que veníamos haciendo de tapadillo, nos vino como anillo al dedo. A otros les quedaba francamente grande, pero en nuestro caso era todo un espaldarazo a una forma de hacer que ya veíamos aplicando: todos participábamos en el servicio al alumnado, la educación era personalizada, que no individualizada, creíamos en la integración, atendíamos lo que luego se llamó necesidades educativas y respetábamos la diversidad».

Pasado un tiempo de aplicación de la LOGSE, llega el concierto con la administración y también las órdenes de la Inspección Educativa que hay que cumplir a rajatabla sin traicionar el proyecto educativo. Uno de los muchos problemas que hubo que resolver fue definir la titularidad del centro. La solución que se buscó fue crear una sociedad limitada, donde todos los agentes educativos pudieran estar representados.

Hoy en día, con una nueva ley educativa ya en marcha, la línea de trabajo sigue siendo fiel a los orígenes. Moreno Poyato, que está ya jubilado pero participa en la asociación cultural que sostiene la Escuela Equipo, afirma que el objetivo es atener las necesidades más sentidas, promover la inclusión, la integración, atender la diversidad y, sobre todo, educar en las competencias que requieren los hombres y mujeres libres de hoy, de modo que nadie acabe las etapas educativas sin formación ni título». Más que preparar a los alumnos para la feroz competitividad, entrenarles para la convivencia en paz del futuro. La Escuela Equipo sigue abierta para dar servicio al Barrio del Progreso.

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