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Isaías Hernando, asociación Por una Economía de Comunión: «Hay que civilizar el mercado»

01 octubre 2014 | Por

Isaías Hernando, asociación Por una Economía de Comunión: «Hay que civilizar el mercado»

Isaías Hernando es presidente de la Asociación por una Economía de Comunión en España y buen conocedor del pensamiento del profesor Stefano Zamagni («Por una Economía del Bien Común», Ciudad Nueva), uno de los ponentes de las Jornadas Sociales Católicas Europeas que se celebraron en Madrid del 18 al 21 de septiembre.

–El profesor Zamagni se muestra muy crítico con los postulados antropológicos del discurso económico dominante. ¿Cuáles son los errores con más trascendencia?

–Durante muchos años se ha intentado construir la teoría económica sobre una pretendida neutralidad antropológica (y, de paso, también ética). El hombre, desde este punto de vista, sería un sujeto que se comporta siempre de modo racional, tratando de satisfacer en la mayor medida posible su interés individual.

Pero la realidad es que esto ha terminado por conducir a la afirmación de un paradigma antropológico, el del «homo oeconomicus», absolutamente individualista, que no tiene en cuenta la situación de otros sujetos ni la relación con ellos, sino que los ve fundamentalmente como un límite, como un obstáculo a la hora de maximizar el interés individual. Este paradigma, útil para determinados aspectos del estudio y la investigación económica, implica una visión muy reducida del ser humano y está causando mucho daño.

Primero, porque deja fuera del discurso económico aspectos tan importantes para la vida de la gente y para la propia economía como, por ejemplo, la felicidad, y porque no considera otro tipo de motivaciones intrínsecas, como las que conducen a la gratuidad. Segundo, porque hay partes de la realidad en las que este paradigma hace aguas. Pensemos, por ejemplo, en la explotación de los recursos naturales del planeta. Cuando cada uno trata de maximizar su interés individual, de acaparar la mayor parte de esos recursos, sin tener en cuenta a los demás, el resultado suele ser una sangrante desigualdad y la extinción de esos recursos. Por eso y por otras razones también de peso, como las estudiadas por el conocido Premio Nobel Amartya Sen, es necesario superar este paradigma del «homo oeconomicus».

La propuesta de la Economía Civil, de la que el profesor Zamagni es uno de los exponentes, no el único, consiste en introducir la dimensión relacional. En lugar de hombres y mujeres que persiguen su interés individual y se relacionan con los demás de forma instrumental, nos encontramos con personas capaces de cooperar, de actuar gratuitamente por motivos intrínsecos, y de responder recíprocamente al don recibido, también en sus comportamientos económicos. Por eso una de las denominaciones que se ha sugerido es la de «homo reciprocans».

Ciertamente la relación con el otro no es siempre fácil. Pero por una parte, este paradigma relacional es más acorde con nuestra concepción de la naturaleza humana –en la cultura bíblica, el ser humano no alcanza su plenitud hasta que no es dos: hombre-mujer– y por otra parte, es el único camino para humanizar la economía, para ponerla al servicio del hombre y de la construcción de una sociedad más justa…

–El pensamiento económico dominante ha relegado y tergiversado el sentido del «Bien Común», ¿Qué se entiende por «Economía del Bien Común»?

–Es frecuente hablar de bien común para referirse a la suma de bienes privados totales o bien al conjunto de servicios públicos, al interés nacional, a una administración ordenada y eficaz o al patrimonio de tradiciones de un pueblo. Pero en esta visión hay un problema serio: para mejorar el bien de la mayoría se puede sacrificar el bien individual.

Sin embargo, el bien común, entendido sin reduccionismos ni tergiversaciones, persigue el bien de cada persona, el bien de cada uno de los ciudadanos de la sociedad. Por eso ni la forma capitalista de la economía de mercado, que excluye a muchos del mercado aunque aumente el PIB mundial, ni las formas colectivistas que sacrifiquen la libertad individual son amigas del «Bien Común». No hay que confundir la economía de mercado con el capitalismo, que es simplemente una de sus formas, aunque haya sido la dominante hasta la crisis actual. La «economía civil» no rechaza la libertad de mercado pero sí propone una vía alternativa, donde el mercado está al servicio del Bien Común.

–¿Desde la Doctrina Social de la Iglesia y el humanismo cristiano cómo hay que valorar el capitalismo?

–Hay que distinguir entre una economía de mercado civil y una economía de mercado capitalista. Precisamente, una de las cosas que diferencian una de la otra es que en la economía civil sí que tienen cabida la gratuidad y la ética. El beneficio y el intercambio de equivalentes no son los únicos principios de la actividad económica, ni los mercados son lugares éticamente neutros. El novedoso reto que plantea la Doctrina Social de la Iglesia es vivir la experiencia de la reciprocidad y la fraternidad dentro de la vida económica normal, no antes, ni al lado, ni después, como haría una ONG.

La economía de mercado fue un avance importantísimo con respecto al sistema feudal anterior. Produjo enormes cuotas de igualdad, libertad, justicia y desarrollo. Hoy el mercado está perdiendo verdadera libertad y comienzan a aparecer nuevos señores con nuevas castas y nuevos vasallos. Lo que hay que hacer es civilizar el mercado…

–¿Qué aportación pueden hacer y están haciendo las empresas de la llamada «Economía de Comunión», impulsada por Chiara Lubich?

–Las empresas que forman parte de la Economía de Comunión son una prueba de que la alternativa a la economía dominante no es una utopía, porque viven cada día la reciprocidad y la fraternidad en sus relaciones dentro y fuera de la empresa. Comunión es una palabra fuerte, especialmente si va unida a economía. Nos parece normal utilizarla en el ámbito religioso o en otros ámbitos como la familia. Sin embargo, la comunión es la vocación más profunda y auténtica de las personas en todos los ámbitos. Nuestro mundo no puede resolver la miseria y la exclusión sin la comunión, empezando por la economía. La filantropía no basta, porque va en una sola dirección. Sin embargo la comunión es reciprocidad, donde todos dan y todos reciben.

–En la era de la globalización capitalista el mercado parece haber invadido todas las esferas de la vida…

–La lógica de los precios y los incentivos está colonizando zonas importantes de la vida ciudadana en las que no debería entrar, con efectos en muchos casos destructivos. Si uno empieza a pagar a un hijo por hacer determinadas tareas que deberían realizarse por gratuidad, después de un tiempo la naturaleza de la relación cambia y la gratuidad se destruye. Es lógico: el dinero es una pasión fuerte y por eso hay que educarla. Hay que proteger determinados ámbitos. Sobre todo aquellos, como la familia, donde se genera la gratuidad. También el mercado y sus instituciones necesitan gratuidad, son «consumidores» de gratuidad, pero no son capaces de generarla. Es solo un ejemplo. Podríamos hablar de sectores tan importantes como la sanidad o la educación. Hay que rechazar el fundamentalismo del mercado, evitar que la vida civil se transforme en un supermercado.

–Zamagni no se contenta con aspirar a una sociedad solidaria y justa, sino que propone una civilización de la fraternidad, ¿qué quiere decir?

–La solidaridad es muy importante, porque reduce las desigualdades, permite que los desiguales se conviertan en iguales. Pero la fraternidad implica un paso más: que los que son iguales en dignidad y en derechos puedan ser distintos. La solidaridad puede ser anónima e impersonal, la fraternidad supone ver al otro como un «hermano». Todas las sociedades fraternas son solidarias, pero no todas las sociedades solidarias son necesariamente fraternas.

Fraternidad es también una palabra compleja. Este «ser distintos» es un elemento central de la fraternidad bien entendida. No se habla aquí de «familismo» o de vínculos de sangre. Tampoco de una simple agrupación de personas unidas por ley, por conveniencia o por contrato. Se trata de una comunidad de diversos que siente que comparte un destino común y está unida por todo un entramado de relaciones, dones, obligaciones, capaz de suscitar sentimientos de simpatía recíproca.

–¿Cuál cree que debe ser la aportación genuinamente cristiana a la humanización de la economía y de la sociedad?

–La aportación más genuina de los cristianos a la humanización de la economía consiste fundamentalmente en crear lugares de vida más humana, también en la economía y en la empresa. Siempre ha sido así. Los grandes santos sociales se las ingeniaron para dar respuesta a carencias o a problemas concretos de las personas con las que se encontraban, movidos por el bien de la persona. A partir de ahí surgieron obras, muchas de las cuales perduran, y en algunos casos también modelos y teoría, pero siempre después. El punto de partida siempre es la persona concreta. Podríamos citar muchos nombres, entre ellos Guillermo Rovirosa o Chiara Lubich. Hoy el reto sigue siendo dejarse interpelar por el grito de los pobres –hay muchos tipos de pobreza en nuestra sociedad– y poner a trabajar la creatividad y los talentos para dar respuestas de amor concreto. Todo lo demás vendrá por añadidura.

 

Publicado en el nº 1564 de NNOO, mes de octubre de 2014

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