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Vivencias de un viaje a la solidaridad invisible

04 agosto 2014 | Por

Vivencias de un viaje a la solidaridad invisible

Raimon Mateu* Durante el viaje a Lima (Perú) para asistir al seminario y la asamblea del Movimiento Obrero de Acción Católica de América del Sur (MOAC-AS), tuve ocasión de conocer la vida de los grupos y militantes del movimiento anfitrión. A la salida del aeropuerto de Lima, ya me esperaba puntual Guillermo Chumbaray, taxista y militante del MTC Perú. Por el camino hacia la casas de la ONG Ayne –con la que colaboro desde hace años–, donde me iba a alojar dos días, me contó algo de su actividad en su barrio, de las cosas conseguidas y de su preocupación por los problemas actuales, como la violencia.

La cita con los miembros del MTC de Lima fue en unos locales del sindicato de las trabajadoras del hogar del Perú, ya que el Cardenal Cipriani ha decidido dedicar el local que tenía el MTC a otro uso. La conversación sirvió para conocer el testimonio de entrega de estas valerosas personas. Con el tiempo, su implicación ha ido evolucionando desde su papel en los sindicatos, actualmente muy desprestigiados y encerrados en la defensa de los trabajadores formales que son minoría, a su implicación en los barrios, comunidades populares, comedores sociales, asociaciones vecinales, en defensa del medioambiente, contra el trabajo infantil y la violencia callejera y a favor de los trabajadores informales.

En el MTC de Perú hay militantes de la tercera generación que han seguido el camino de los abuelos. Algunos cuentan que después de toda una vida de reivindicación de los servicios básicos en los asentamientos de la ciudad, ahora han de enfrentarse a nuevos problemas, como la droga, la violencia y la corrupción. Adelina Linde, del sindicato de trabajadoras del hogar, detalló que su organización tiene 2.500 familias afiliadas y que han logrado ciertas conquistas.

Al día siguiente Rosa Pacheco, coordinadora actual del movimiento, me mostró su labor en la asociación Casa Betania, que promueve el desarrollo integral de las mujeres y aspira a generar empleo y difundir el arte y los diseños pre-colombinos, experimentando un nuevo estilo de empresa solidaria y democrática. Tuvimos que subir a dos «colectivos» (autobuses) para llegar a la urbanización El Pacífico, en el distrito de San Martín de Porres (Lima Norte), donde se encuentra Casabet, una microempresa de producción y comercialización textil. En estos momentos la producción ha bajado porque no llegan pedidos y se plantean nuevas estrategias para encontrar mercados. Es difícil encontrar compradores dispuestos a pagar un precio justo, porque la competencia, que paga salarios de miseria, es terrible.

Su otro proyecto es el Taller de Creatividad, que se realiza en el cerro Pacífico. Andando se tardan 20 minutos. Gracias a las «movilidades» –autobuses que «corren» por la Panamericana, los «colectivos» y las «combis» que dejan a los pasajeros en los asentamientos, donde solo las «moto-taxis» son capaces de entrar–, tardamos menos. En la actualidad, hay 60 niños y niñas en el taller, atendidos por profesores y monitores voluntarios que intentan, después de la escuela reforzar sus estudios y la formación integral. Dada la precariedad, las familias no pueden atenderlos fuera del horario escolar, así que la otra alternativa es la calle.

Después de cuatro «movilidades» más, llegamos a la casa de Rosa, una planta baja del barrio de Covida en Los Olivos, donde vive en comunidad desde hace más de 20 años con Victoria Juyo y Petit Fernández. Esta casa es una base de vida MTC, al estilo de los equipos de la HOAC. Tras el almuerzo y la conversación, fuimos al encuentro de Estela, militante del MTC y promotora de una ONG que se llama «Solidaridad para el desarrollo». En Lomas de Carabayllo, un asentamiento inmenso y relativamente nuevo, que tiene lo habitual de un «cerrito», disponen de un edificio cedido en la zona de San Benito, donde nos encontramos con un grupo de mujeres que han aprendido a tejer a mano prendas de alpaca, ponchos, guantes, gorritos, ropa de bebé. Al principio, contaban con maestras de la organización, ahora las que saben enseñan a las que empiezan y se distribuyen las tareas dependiendo de los pedidos. De momento tienen muy pocos clientes, pero van avanzando.

Más tarde nos dirigimos a la zona de La Quebrada. Aquí el local es muy precario, cedido por la comunidad, pero lo tienen muy limpito y muy digno. Nos cuentan que se reparten los pedidos con las señoras de San Benito. Parecían especialmente contentas, porque hacía una semana que tenían agua corriente en sus casas (de momento dos horas al día).

En la zona Juan Pablo II, nos esperaba Nanci, otra compañera del MTC que trabaja con un grupo de mujeres que, en este caso, han aprendido pastelería. En el local alquilado tienen un horno y diferentes máquinas para el oficio. Por la mañana preparan dulces y pasteles que luego venden. Superada la fase de acompañamiento de la ONG, ya vuelan solas, enseñan a otras mujeres del asentamiento y les dejan utilizar el horno a cambio de una pequeña cantidad, para pagar los gastos del local. Cinco de las mujeres ya tienen horno propio en casa. Una de ellas decía riendo que su marido ayudaba en casa para que tuviera más tiempo para el negocio. El encuentro terminó, como no, con una degustación, alfajores y un pastel imperial con crema volteada.

*Militante de GOAC de Barcelona y miembro voluntario del Equipo de Relaciones Internacionales de la HOAC.
 
Noticia publicada en NN.OO. nº 1.562 de agosto de 2014.

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