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Una llamada ineludible

01 mayo 2014 | Por

Una llamada ineludible

En octubre la Fundación FOESSA, cuyo patrono principal es Cáritas, presentará el VII Informe sobre Exclusión y Desarrollo Social en España. Ahora se ha presentado un avance que muestra que estamos ante un desafío personal, social, político y eclesial que no podemos eludir mirando hacia otra parte. Que no es uno más entre otros, sino el primero y más importante. Es una llamada a la que no podemos dejar de responder. Esa llamada surge del hecho, innegable, de que estamos en una situación de pobreza creciente, derechos menguantes y de una fractura social que se amplía. Como dice el presidente de FOESSA, un dato central de la realidad es que «más allá de que el proceso de recuperación se haya iniciado o no, hayamos tocado fondo o no, o, como algunos dicen, que la crisis se haya terminado, debemos poner nuestra mirada en los que no pueden esperar. Porque no podemos conformarnos que nuestro modelo de vida se caracterice en los próximos años por los efectos que la crisis ha generado».

La crisis tiene sus causas en una radical perversión del funcionamiento de la economía desde las fanáticas tesis del neoliberalismo más radical, que desprecia en la práctica la dignidad de las personas, y no en el gasto público como algunos quieren que creamos para que olvidemos las verdaderas razones. La crisis y las políticas implantadas para, supuestamente, hacerle frente, nos han traído a la actual situación. Es innegable que las mal llamadas «políticas de austeridad» han incrementado, y mucho, la desigualdad y los niveles de sufrimiento social.

Lo que está ocurriendo desde 2007, y muy particularmente desde 2010 cuando comenzaron a aplicarse políticas drásticas de recortes, no es lo que ha creado la exclusión, que ya existía antes, pero sí la ha extendido mucho y amenaza con convertirla en crónica, aunque volvamos al crecimiento económico. La realidad es que se ha producido un deterioro muy grande de las rentas de los hogares españoles, pero no de todos ni de todos por igual. Se ha disparado la desigualdad y las rentas más bajas se han hundido. La fractura social se hace cada vez mayor y son el empleo, la vivienda y la salud los ámbitos que más han contribuido a ello y a la extensión de la exclusión social. La pobreza y la exclusión se han agravado por la persistente destrucción y deterioro del empleo, junto a la acusada debilidad del sistema de protección social y los severos recortes de prestaciones y servicios. Son ya cinco millones de personas, un 82,6% más que en 2007, millón y medio de hogares, las que están en situación de exclusión severa. Los jóvenes se ven especialmente afectados por esta situación y la exclusión social en la infancia se está convirtiendo en un problema de primer orden. E insistimos: la destrucción de empleo, pero también el empleo precario, están siendo decisivos en la extensión de la exclusión social y de las desigualdades. Menos empleos, empleos más precarios, salarios más bajos, salarios más desiguales.

Ese es el desafío, esa es la llamada. La primera y la más importante. Llamada que nos pide una respuesta en lo personal, lo social, lo político-institucional y lo eclesial. En lo personal, porque lo que está sucediendo afecta a nuestra humanidad, a la de todos, y porque la respuesta que nos humaniza es siempre la que parte de asumir como propio el sufrimiento ajeno. Como, también hay que decirlo, de hecho hacen no pocas personas, familias y grupos que intentan vivir desde la solidaridad con los empobrecidos. En eso necesitamos crecer todos. En lo social, porque lo que nos ocurre nos muestra una sociedad indecente que necesita cambiar hacia una sociedad decente, en la que todos puedan vivir dignamente. La llamada es para el conjunto de la sociedad, para todas y cada una de las organizaciones e instituciones sociales. Para las instituciones políticas, porque su legitimidad y razón de ser está en servir al bien común que pasa, ineludiblemente y primero que ninguna otra cosa, por atender las necesidades de los empobrecidos. Es una llamada a cambios profundos en las políticas que se practican, en su misma orientación, para poner en primer lugar lo que es primero: las necesidades de las personas. Para la Iglesia, para todas y cada una de las comunidades eclesiales, porque, además de lo anterior que no es poco, la existencia y extensión de las desigualdades, del empobrecimiento y de la exclusión social, son hoy una ruptura radical de la fraternidad entre las personas y de la filiación de Dios. Son una negación práctica de Dios porque son una negación práctica de la sagrada dignidad de las personas.

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