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El hambre como pecado cultural

28 noviembre 2011 | Por

El hambre como pecado cultural

Mientras los mercados nos llevan de sobresalto en sobresalto y seguimos comentando el resultado de nuestras pasadas elecciones, el hambre y la miseria en el mundo y entre nosotros siguen creciendo. ¿No hay recursos suficientes para todos?

«Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno» (CA, 31). Pero según la FAO, 25 mil personas mueren de hambre cada día y 6 millones de niños menores de 5 años mueren cada año, 11 por minuto.

«Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno». Pero la producción de las 500.000 toneladas de armas químicas capaces de destruir 60 mil millones de hombres, almacenadas en la ex-Unión Soviética, costó alrededor de 200 mil millones de dólares, y su destrucción costará otro tanto.

«Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno». Pero el Premio Nóbel de Economía, Joseph E. Stiglitz, ha denunciado en su libro «Una guerra de 3 billones de dólares: Los gastos reales del conflicto en Irak», la barbaridad que supone el gasto de esta guerra cruel e innecesaria. Tres billones de dólares es mucho dinero.

«Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno». Pero en el año 2000, los especuladores dedicaron 5 mil millones de dólares a «jugar» con los precios de los alimentos. A mediados de 2008, cambiaron el ladrillo por los alimentos y esta especulación alcanzó los 300 mil millones. No tenemos los datos actuales, pero sí sabemos que las cosechas de los próximos años, las que aún no se han sembrado, están siendo compradas y vendidas cada día a precios especulativos, a unos precios que los que mueren de hambre jamás podrán pagar.

La codicia de los poderosos, la desidia de los gobiernos y la pasividad de las personas cambian el Plan de Dios. Codicia, desidia y pasividad que son cubiertas y disimuladas por todo un entramado de leyes, costumbres, instituciones y normas que establecen la enorme distancia que hay entre la magnitud del problema y lo que cada persona, cada gobierno y la misma comunidad internacional pueden hacer para resolverlo. Hay tantos problemas para resolver el problema que se termina sin hacer nada relevante y lamentándose de la situación. Pero no es verdad, no hay ni tanta distancia ni tantos problemas, hay excusas, falta de voluntad para gastar dinero en salvar vidas humanas en lugar de gastarlo en salvar a los especuladores. «Son frecuentes, nos dice Benedicto XVI, los intentos de justificar los comportamientos y omisiones dictados por el egoísmo y por objetivos e intereses particulares».

Este entramado de leyes, costumbres, instituciones y normas forma parte de nuestra cultura, que nos presenta un problema terrible, ante el que hay que lamentarse, pero sin solución posible, luego tenemos que convivir con él. Este es nuestro pecado cultural: estamos obligados a mantener una postura estética, pero no ética. La tradición de la Iglesia es más rotunda: si no alimentas al que muere de hambre, lo matas.

Es necesario, por tanto, evangelizar la cultura para humanizarla, «redescubrir aquellos valores inscritos en el corazón de cada persona y que desde siempre han inspirado su acción: el sentimiento de compasión y de humanidad hacia los demás, el deber de la solidaridad y el compromiso por la justicia, han de volver a ser la base de toda actividad, incluidas las que lleva a cabo la Comunidad internacional» (Benedicto XVI)

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