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Homilía en la Eucaristía de inicio del 75 aniversario del nacimiento de la HOAC

03 noviembre 2020 | Por

Homilía en la Eucaristía de inicio del 75 aniversario del nacimiento de la HOAC

Filipenses 2, 5-11
Salmo 21
Lucas 14, 15-24

Queridas y queridos todos:

Gracias por vuestra presencia, por vuestra participación en esta Eucaristía en la que nos acompañamos mutuamente en la acción de gracias en torno a la mesa fraterna. Los tiempos no son fáciles, y por eso valoramos más aún, si cabe, vuestra presencia. Gracias de corazón a todos y cada uno.

Setenta y cinco años en nuestro mundo es la edad de ir haciendo las maletas, de apagar la luz, cerrar la puerta, echarse a un lado y dejar paso a quienes tras nosotros van empujando lo nuevo. Es esa la edad con la que nos jubilamos los sacerdotes, y la edad a la que cada vez más nos acercamos a la jubilación los trabajadores. Después de esa edad ya no está uno para según qué cosas. En cambio, la HOAC, con 75 años es aún una joven aprendiza de fraternidad y justicia; de fe, esperanza y amor. ¿Qué son 75 años en los más de dos mil años de la Iglesia, o en los millones de años de la historia de amor de Dios con esta creación?

Los tiempos que corren no son fáciles, como nunca los fueron para la HOAC. Precisamente por esa dificultad nuestra acción de gracias al Padre en esta tarde se expresa con más fuerza en la respuesta que hemos dado al salmo responsorial: el Señor es mi alabanza en la gran asamblea. El Señor nos ha hecho vivir para Él. Él hace que podamos alabarle hoy, porque en estos 75 años de historia (74 cumplidos, y el siguiente comenzado) ha hecho posible que “cumplamos nuestros votos”, que profesemos con fidelidad nuestra identidad hoacista. Ha hecho posible a través de la vida entregada de tantas hermanas y hermanos “que los desvalidos coman hasta saciarse”, y “nos ha hecho vivir para Él”. Con Rovirosa podemos decir aquello de ¡Ahora, más que nunca!

Es nuestro primer motivo de encuentro: la acción de gracias al Padre que, en su misericordia, ha querido sostener esta obra comenzada en Él, durante todo este tiempo. Gracias porque estamos, porque continuamos en el empeño que un día la Iglesia puso en nuestras manos a través de Guillermo Rovirosa, nuestro primer militante. Gracias porque el Espíritu suscitó el encuentro de hombres y mujeres de fe en esta tarea; porque puso en nuestro camino a Guillermo, a Eugenio Merino, a Tomás Malagón, y a tantos militantes y consiliarios empeñados en ser voceros de la invitación al banquete de Dios para todos con su vida entregada. Como recordábamos en la monición de entrada, en palabras del papa Francisco: “estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios [también por tantas y tantos militantes de la HOAC] … No tengo que llevar yo solo lo que en realidad no podría soportar. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce”. (Gaudete et exultate, 4)

Damos gracias a Dios por la vida entregada de esta muchedumbre de santos, de nuestras hermanas y hermanos que nos han precedido en esta misión y que entregaron y gastaron, con generosidad, su vida, para hacer posible el encuentro del mundo obrero con Jesucristo y su Iglesia. Han sido una bendición en nuestras vidas. Tenemos mucho que seguir aprendiendo de ellas y ellos. Por ejemplo, a seguir descubriendo y a valorar la semilla de Dios plantada en la vida de cada uno de nosotros, en lo sencillo; a experimentar el gozo de la gratuidad en la entrega; a sembrar con generosidad; a seguir descubriendo el rostro de Cristo en cada hermana y hermano. A seguir descubriendo cómo la alegría del Reino se desvela para los sencillos; a descubrir que aspiramos a la bienaventuranza de poder comer en el banquete del Reino de Dios.

Gracias Señor por la muchedumbre de hermanas y hermanos que lo vivieron. Que nos transmitieron esa experiencia de amor. Que hablaron del Señor a la generación futura, que contaron tu justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor.

A lo largo de esta historia nuestra hemos podido comprender que es Dios quien ofrece el banquete y quien convida. Es Dios quien quiere celebrar la fiesta y quien nos llama. Es Dios quien insiste en celebrar y quien nos busca. Porque desde la encarnación de Jesucristo, el empeño amoroso de Dios se plasma de una manera más intensa en esa búsqueda conmovida que desde siempre ha hecho Dios de nosotros, para que ninguno se pierda. En la encarnación de Jesucristo, hecho uno de los nuestros, hecho obrero en el taller de Nazaret, tenemos el mapa para no perder a Dios, para poder acercarnos a su voz y seguir escuchando su invitación: teniendo entre nosotros los mismos sentimientos de Cristo. Y eso es algo que pedimos cada día desde hace todos estos años que celebramos: pensar como Tú, trabajar contigo, vivir en Ti, como decimos en la Oración a Jesús Obrero.

Nuestra acción de gracias, que nace de la memoria, nos emplaza a hablar también nosotros del Señor a la generación futura, a seguir contando su justicia al pueblo que ha de nacer.

Nuestra historia de estos primeros años ha querido ser respuesta a la invitación del Señor para vivir la bienaventuranza del Reino, para sentarnos a su mesa, en la que hay sitio para todos, en la que nadie queda excluido. El Reino está preparado, el banquete está dispuesto. Quizá en algunos momentos de nuestra historia, en nuestra propia vida comunitaria ha habido también momentos de excusa. Es bueno reconocerlos, porque de la memoria nace también la necesidad que tenemos de perdón y reconciliación, y de la reconciliación surge nuestra conciencia humilde de servidores de la mesa del Reino. Si podemos acoger la fiesta del Reino siempre lo será en la misericordia entrañable derramada por Dios.

Y eso nos hace conscientes de la importancia de nuestra vida para Dios, a la vez que nos sitúa de frente a la esperanza: Dios llevará a cabo su proyecto de humanización. Dios hará su Voluntad, Dios llevará a plenitud la Historia, a pesar de nosotros, incluso. Hay una llamada a nuestra responsabilidad, a nuestra vida entregada, a nuestro ser cristiano, a nuestro vivir en Cristo, teniendo sus mismos sentimientos, pero también es una esperanza que nos sostiene en la alegría y en la gratitud, en la acción de gracias: ni siquiera nosotros seremos impedimento para el Reino. A lo más, podemos ser retraso.

Nuestra esperanza es que el Reino preparado llegará porque los pobres son quienes lo traerán de la mano de Dios. Porque en ellos se siembra el evangelio y se planta la Iglesia. Porque al encuentro servicial con los empobrecidos del mundo obrero nos sigue invitando el Señor, “que nos hace vivir para Él”. Porque la fuerza del Espíritu sigue animando nuestra fe y nuestra vida.

Nuestra acción de gracias no puede ser otra que nuestro quehacer apostólico, que nuestro compromiso. Por haber experimentado en esta historia nuestra el amor misericordioso de Dios, hemos de construir nuestra vida desde el amor y para el amor, tendiendo puentes entre la Iglesia y el mundo obrero y del trabajo, siendo renovadamente fieles a esa misión que la Iglesia nos encomienda: plantar la Iglesia más allá de los terrenos cultivados; plantarla en aquellos terrenos que han de ser desbrozados, preparados, arados, trabajados para que la semilla germine y crezca. Esos lugares humanos, periferias existenciales del mundo obrero, que son también periferias de la Iglesia. Esos lugares que este sistema da por perdidos, porque no son rentables según su lógica, pero que son los lugares a donde el Señor nos envía para descubrir que Él nos antecede, que los habita, esperando quien desvele su presencia liberadora.

En esas periferias del mundo obrero y de la Iglesia hemos aprendido a ser Iglesia en el mundo obrero, y mundo obrero en la Iglesia haciendo nuestros los gozos y esperanzas, las tristezas y las angustias de las personas a quienes acompañamos en su vida, con quienes buscamos cambiar la mentalidad de nuestro mundo y construir una cultura de fraternidad y amistad social. Hemos trabajado con ellos para propiciar que las instituciones estén al servicio de las personas, y con ellos vamos haciendo nacer experiencias alternativas de comunión, que visibilicen la cercanía del Reino preparado por Dios. Hemos sido pueblo con nuestros hermanos y hermanas del mundo obrero, y con ellos hemos realizado nuestro ser Pueblo de Dios.

En esos lugares humanos hemos de seguir anunciando con nuestra vida personal y comunitaria que la esperanza del Reino nos anima y empuja, que “ahora, más que nunca” sigue siendo necesaria la comunidad creyente de hombres y mujeres que fiados en el amor de Dios empeñemos nuestra vida para que la Iglesia siga siendo la expresión, el sacramento, del amor de Dios a toda la humanidad, y especialmente a los empobrecidos.

Sigue siendo necesaria una comunidad creyente de hombres y mujeres que estén dispuestos a hacer vida el Evangelio de Jesucristo, construyendo fraternidad y amistad social, tendiendo puentes, derribando muros, haciendo posible la reconciliación de toda la humanidad con Dios y con la creación.

Sigue siendo necesaria una comunidad creyente de hombres y mujeres que desvelen la sagrada dignidad de cada persona, imagen de Dios, y siga empeñada en que el trabajo –el gran tema, dice el Papa– sea la manifestación más visible de esa dignidad.

Nuestro mensaje en esta celebración no puede ser otro que, desde la gratitud, abrirnos a la gratuidad de ofrecer nuestra vida cada día para que en ese empeño el Reino de Dios se haga realidad cotidiana y cercana a los empobrecidos del mundo obrero.

Siempre que rezamos la Oración a Jesús Obrero pidiéndole que su Reino sea un hecho en esos lugares vitales del mundo obrero y del trabajo, terminamos encomendándonos a María de Nazaret, que supo hacerse buena tierra de acogida para que Dios se humanara, que supo vivir en obediencia a la voluntad amorosa de Dios. A ella, Madre de los Pobres, le seguimos pidiendo, que ruegue por nosotros. Y por su intercesión seguiremos orando con esperanza para que, a la mesa fraterna del banquete del Reino dispuesta para todos, no quede nadie sin ser invitado.

María, Madre de los Pobres, ruega por nosotros.

 

 

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