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Troceamiento y trazabilidad del trabajo: las nuevas relaciones de producción en la economía digital

22 octubre 2018 | Por

Troceamiento y trazabilidad del trabajo: las nuevas relaciones de producción en la economía digital

Ignacio Muro Benayas | El troceamiento o fragmentación y la trazabilidad o rastreo del trabajo tienen hoy connotaciones negativas. La lógica capitalista se está encargando de enturbiar las utopías asociadas a estos dos fenómenos al convertir los datos en materia prima y fuente principal de los negocios que caracterizan el último capitalismo.

Las mejoras tecnológicas encierran la potencialidad de contribuir a crear entornos creativos y una organización social más justa, si somos capaces de combatir sus manifestaciones perniciosas y desarrollar el entorno regulatorio adecuado.

Empezar recordando las utopías del pasado, en contraste con el presente, nos sitúan en el contexto intelectual adecuado para intentar de determinar cómo aprovechar las innovaciones para alumbrar un futuro mejor para el trabajo.

Utopías y pesadillas

Hace 150 años los socialistas revolucionarios identificaron los rasgos del futuro soñado mediante algunas propuestas sociales. En 1845, Karl Marx sintetizaba la utopía de una sociedad comunista imaginando un entorno en el que los trabajadores serían liberados de la monotonía de un solo trabajo agotador para «cazar por la mañana, pescar a mediodía, criar ganado por la tarde, criticar después de la cena». Trabajos libres y diversos a lo largo de la semana o en una misma jornada, sin horarios fijos, intercalando actividades intelectuales y manuales, sin una única especialización… Así se imaginaba el sueño de un trabajo enriquecedor, superador de rutinas.

El trabajo se fragmentaría en un conjunto de actividades voluntarias como consecuencia de las facilidades aportadas por los avances tecnológicos capaces de universalizar lo que, más recientemente, el científico Stephen Hawking denominaba «lujo ocioso». La tecnología sería la solución, nunca el problema.

Algo parecido nos venden hoy desde la ideología tecnooptimista de Silicon Valley. Y algo de razón llevan. El cambio tecnológico ha barrido con la monotonía del trabajo típica del capitalismo fordista y ha fragmentado el mundo laboral y la vida de buena parte de los jóvenes profesionales, pero no de la forma liberadora que soñaba Marx.

En cambio, asistimos a un nuevo modo de vida dual en el que la marginación y la precariedad más ramplonas conviven con la máxima facilidad para desarrollar ciertas actividades creativas que facilitan las tecnologías digitales. Por un lado, empuja a jóvenes y adultos a asumir subempleos fragmentados de cualquier tipo (cuidar niños, servir copas, hacer sustituciones, transportar enseres…) que les permiten sobrevivir. Por otra, les facilita que puedan destinar su «tiempo libre» a proyectos creativos o sociales de matriz colaborativa (escribir un blog, elaborar y difundir vídeos, componer música, compartir ocio creativo y aficiones de todo tipo con gentes lejanísimas…) en los que encuentran satisfacción y con los que aprovechan su alta cualificación, pero que el mercado no valora.

Los mitos de realización y ascenso social del capitalismo solo sirven para una minoría. Para el resto, sometidos al reino de la necesidad, nos niega la libertad de elegir mientras nos remunera con niveles de supervivencia.

Hay otra máxima, atribuida a Louis Blanc, socialista utópico de mediados del XIX, que representa todavía hoy la forma más justa de imaginar la creación y el reparto de la riqueza. Dice así: «De cada cuál según sus capacidades, a cada cuál según sus necesidades».

Cuando Marx se pregunta en qué condiciones materiales sería posible su desarrollo se contesta:

«(…) cuando la antítesis entre trabajo mental y físico haya desaparecido (…), cuando a la par del desarrollo global del individuo hayan aumentado las fuerzas productivas y los manantiales de la riqueza colectiva fluyan más abundantemente».

Lo curioso es que esos rasgos parece que ya se cumplen. Tanto que, si la sociedad se lo propusiera, hoy estaría en condiciones, primero, de conocer cuáles son las capacidades y necesidades de cada uno y, después, de atenderlas a lo largo de las diferentes etapas de su vida. La capacidad para gestionar millones de datos de forma instantánea y descentralizada y de conocer y trazar las necesidades sociales en detalle, nos permitiría abordar con éxito ese reto.

Además, la gestión anónima y descentralizada que permite el blockchain, la tecnología de la llamada «cadena de bloques» (una gran base de datos certificada, segura y compartida como un gran libro de contabilidad que permite la gestión sin intermediarios), podrían hacer posible estos retos con las máximas garantías de privacidad, para que los centros de poder no se aprovechen de ello del modo en que el «gran hermano» de Orwell simbolizaba.

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