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David Macián: «Se habla de los logros de una empresa, mientras el trabajador es invisible»

22 mayo 2017 | Por

David Macián: «Se habla de los logros  de una empresa, mientras  el trabajador es invisible»

Iñaki Lancelot | Entrevistamos a David Macián con motivo del estreno de su primer largo como director, «La mano invisible», el viernes anterior al 1 de Mayo. Una obra basada en la novela de título homónimo de Isaac Rosa, que cuestiona el concepto de trabajo y las virtudes que le son atribuidas.

Hablemos del origen de la película…

Hay dos razones principales que me han impulsado a realizar esta película. La primera, mi interés personal en la historia relatada por Isaac Rosa, que he experimentado en carne propia. Porque vengo de un trabajo precario y voy hacia otro, el cine, que quizá se encuentre en la cima de la precariedad. El primero, de oficina, es más aburrido e implica ciertas controversias morales, que me conducen a sentir el trabajo como algo absurdo. Aunque la empresa tiene unos fines, chocan con los que yo entiendo que son los deseables. He compaginado esta labor con actividades en el campo audiovisual que me han permitido desarrollar mi creatividad. Sin embargo, estas raramente son remuneradas. Me refiero a dirigir cortos o anuncios para un determinado colectivo. Paradójicamente, en este campo, la remuneración se recibe si uno realiza una labor técnica como el montaje, pero no si la dirige.

En esta situación de crisis personal ante lo laboral, leo la novela. Me cautiva cómo descontextualiza el trabajo, desnudándolo de preconcepciones socialmente asumidas. Ello provoca la reflexión acerca de lo absurdo que es el trabajo y la forma en que está organizado. Al mismo tiempo, escucho una entrevista en la que Isaac Rosa afirma «El trabajo pervierte», transmitiendo la idea que comparto de que no soy mejor persona por trabajar. De hecho, pienso que en el mundo laboral afloran facetas de uno, como la competitividad, que no me gustan y no quiero calificar porque me sugieren adjetivos que prefiero evitar. De inmediato, quise adaptarla.

Lo cual supone un reto, porque la estructura de la novela dista de ser cinematográfica.

Efectivamente. Y ese reto artístico supuso mi segunda razón para decidirme. De entrada, asusta su desarrollo casi ensayístico. Está escrita sin puntos y aparte como recurso literario para transmitir el hastío laboral. Con un principio de novela que elude los diálogos durante las primeras veinte páginas y describe, pormenorizadamente, la labor rutinaria de un trabajador. Obviamente, esta decisión del autor conviene a la novela, pero no sigue la lógica cinematográfica. Así que la adaptación es un reto sumamente atractivo.

De acuerdo con mi coguionista, Daniel Cortázar, le hicimos la propuesta a Isaac Rosa y obtuvimos de él una respuesta muy positiva. De hecho, ha apoyado económicamente la producción.

¿Ha exorcizado demonios propios a través de la realización?

Sí. Mi experiencia laboral es una cadena de trabajos precarios. En ocasiones, toco uno más amable, como el de librero. Pero en general, realizo trabajos que no van conmigo para ahorrar lo necesario y, entonces, rodar un corto en el que volcar mi creatividad.

¿Qué quiere decir que la obra es una película cooperativa, como se declara en su presentación?

Es un hecho que surgió, a partes iguales, de la necesidad y de una decisión ideológica. Respecto a la primera, el coste de una película media en España es, aproximadamente, de un millón de euros. Un valor muy elevado. Para financiarlo, han de darse dos condiciones inseparables. En primer lugar, se ha de contar con el apoyo de una televisión para, posteriormente, recabar una subvención institucional. Nuestra película no lleva la línea que marcan las televisiones privadas, lo que limita nuestra única posibilidad a la pública, pero no recibimos su apoyo. En cuanto a la subvención, el ministerio valoraba bien la faceta artística, pero señalaba como puntos débiles la falta de financiación privada y que la productora no fuera veterana (dificultad inherente a toda primera película) o contara con actores de gran tirón. Así que la vía tradicional de financiación era imposible.

Ante esta situación, propuse a los jefes de equipo, a Isaac Rosa y a los actores embarcados ya en ese momento (aproximadamente la mitad del elenco definitivo) que formáramos una cooperativa, en la que (aquí aparece el argumento ideológico) el trabajo fuera colectivo, con una toma de decisiones horizontal y espacio para el debate. A cambio, a falta de dinero, los sueldos se invierten en la producción de la película y, de momento, no hemos cobrado nada ninguno de nosotros.

Si finalmente se obtienen beneficios gracias a los ingresos en taquilla o a las ventas que se realicen, se repartirían ponderadamente al valor del trabajo de cada uno. Hemos aceptado la precariedad a cambio de ser copartícipes de la realización. De formar un equipo unido, donde las decisiones son consensuadas. Mostrando un funcionamiento opuesto a aquel que denunciamos en la película como mala práctica de dirección.

¿Y cuál es la función del director en esta estructura horizontal?

Las decisiones son consensuadas en todos los aspectos, por ejemplo la financiación. Yo no impongo mi criterio. Cumplo mi rol internamente, evitando siempre ser impositivo.
Llama la atención que actores conocidos como José Luis Torrijo o Josean Bengoetxea se embarquen en un proyecto sin sueldo asegurado.
Se da un efecto dominó. Una vez que consigues una figura de un determinado estatus, no me refiero a capacidad interpretativa sino al nivel de conocimiento por el público, es fácil que otros de ese mismo nivel se sientan atraídos por el proyecto. Respecto a los actores elegidos, mi objetivo era evitar caras muy conocidas y asociadas a un determinado papel, por ejemplo en una serie. Quería intérpretes que encajaban por su personalidad y rasgos físicos, después de haberlos visto actuar en cortometrajes o en el teatro. Pero, contestando a la pregunta, quienes forman parte del elenco, tenían interés personal en participar en este proyecto para contar la historia que trata el argumento. Esa es su razón, ya que el dinero no era el gancho en nuestro caso.

¿Ha querido darle un tono teatral a la película?

La estética teatral no se debe a mi aportación sino que procede de la propia novela, debido a su puesta en escena sencilla y austera.

Y entonces, ¿puede llamarse democrática una sociedad con ese clima laboral, donde la herramienta de gestión denominada mejora continua conducen a la exigencia de producir más con los mismo medios, según detalla la película?

Lo sufrí en mi empresa anterior. Esa falta de escrúpulos para cambiar las condiciones laborales siempre a favor de la empresa. Y lo que más me rechinaba era que el trabajador asumiera los cambios sin rechistar, teniendo claro que uno de los siguientes pasos es reducir el sueldo. Me rebelo ante la codicia del empresario tanto como por la sumisión del empleado.

¿Por qué se centra la obra en los llamados trabajadores de cuello azul?

Se habla de los logros de una empresa, de su cuenta de resultados y cualquier trabajador es de por sí invisible. Pero la novela hace hincapié en el estrato social más bajo, en las profesiones devaluadas por la sociedad, aquellas especialmente ignoradas y maltratadas.

Hay un personaje en la obra que parece destacarse como el más mezquino…

Parece el más hipócrita y, sin embargo, yo no lo veo ni peor ni mejor que el resto. Todos adolecen de haber asumido ser injustamente tratados, por dejadez, por falta de interés o de conocimiento. Y la realidad es que es posible organizarse y gestionar de otra manera. No puede aceptarse la falta de valores como la solidaridad o el compromiso. No caben las autojustificaciones del tipo «si esto no lo hago yo, vendría otro en mi lugar y sería aún peor».

¿Ha encontrado películas españolas precedentes que entren de lleno en la dinámica laboral?

No, y ello fue un aliciente para ofrecer nuestra aportación y ocupar de inmediato ese hueco. En nuestro país, es interesante la aportación de «Smoking room» (primera película de Roger Gual junto a Julio Wallovits en 2002) y que no se centra tanto en el currante como en las maniobras de empresa.

En el panorama internacional, me interesa el clima de «Danzad, danzad, malditos», de Sydney Pollack, ambientada durante la Gran Depresión, y en la que se juega con el espectáculo de la necesidad. También la alemana «El experimento», que describe un argumento de personas contratadas para interpretar un rol profesional ante la mirada ajena. Finalmente, destaco «Dos días, una noche», la penúltima y excelente película de los hermanos Dardenne.

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