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«Un pueblo según el corazón de Dios»

27 marzo 2017 | Por

«Un pueblo según el corazón de Dios»

Jesús Espeja | El 24 de marzo de 1980 fue asesinado el obispo de San Salvador, Oscar A. Romero. Tuve la suerte de vivir muy de cerca la trayectoria de este mártir que sigue siendo referencia no solo para los cristianos de América Latina sino para todos aquellos que, sin tapujos, se abren al Evangelio. El título que doy a esta reflexión sugiere la entraña de su testimonio. Suyas son también las frases que siguen y van entre comillas.

1. «Creo en Dios Padre». Jesús de Nazaret no es controlable fuera de su apasionamiento por la llegada del Reino de Dios: fraternidad, organización social en justicia que solo es verdaderamente justa cuando se inspira en la misericordia. El Dios del reino «tiene un proyecto para la felicidad de los pueblos, e interviene para realizarlo tomando la iniciativa»; «es el Dios viviente y quiere que los hombres vivan en la verdad, destruyendo a los ídolos de la muerte y de la destrucción».

2. «La dignidad humana ante todo». Desde sus primeros pasos como arzobispo, sencillo y profundo creyente, predica un imperativo central: «la Iglesia tiene que defender la imagen de Dios en el hombre». El cristianismo es «un mirar a Dios, y desde Dios mirar al prójimo como hermano, y sentir que todo lo que hiciéramos a uno de éstos, a mí me lo hicisteis». En ese imperativo insiste una y otra vez: «este es el pensamiento fundamental de mi predicación; nada me importa tanto como la vida del hombre». Por eso no acepta «secuestros, asesinatos o amenazas; la sangre y la muerte están más allá de toda política, tocan el corazón mismo de Dios». La comunidad cristiana «tiene por misión alentar los procesos tendientes a la unidad que trata de buscar una mayor justicia y respetar los derechos humanos más fundamentales; la dignidad humana ante todo». En esa mística brotaba el ruego a las autoridades políticas que autorizaban o encubrían las masacres de los pobres campesinos: «¡Cese la represión!».

3. «El último criterio teológico e histórico para la actuación de la Iglesia en el terreno político es el mundo de los pobres; que ellos vean hoy en la Iglesia una fuente de esperanza y un poyo a su noble lucha por la liberación». Un año antes de su martirio, el arzobispo salvadoreño decía: «en vísperas del acontecimiento de Puebla, cuando se va a reunir en torno al Papa la Iglesia latinoamericana, cuando se va a realizar lo que significa evangelizar hoy en América Latina, el Salvador puede ofrecer nuevamente sus últimos cinco mártires, cuya sangre está todavía fresca, pues acaban de ofrecer sus vida en el seguimiento de Jesús. Puebla ve en nuestros mártires qué es lo que se significa evangelizar en nuestro continente».

Cuando un mártir rubrica su testimonio con la propia sangre no necesita procesos para ser canonizado. Aunque tiene sentido que la Iglesia oficialmente proclame la santidad de este obispo como signo profético para la nueva evangelización no solo en América latina sino en todo el mundo.

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