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Paz y no violencia

22 febrero 2017 | Por

Paz y no violencia

Jesús Espeja | Como introducción sirvan tres referencias. A mediados del siglo pasado las mayorías empobrecidas en pueblos de América Latina levantaron su voz pidiendo justicia y liberación; las conferencias generales del episcopado en esos pueblos fueron sensibles al justo clamor pero esa sensibilidad no ha encontrado eco deseado en la misma comunidad cristiana. Somos propensos a canonizar sin más los sistemas establecidos, calificando de indeseables revoltosos a los que, sufriendo las consecuencias negativas del desorden establecido, se levantan indignados desde las periferias, y pensando que todo se arregla con acuerdos políticos más o menos duraderos. Finalmente al iniciar un nuevo año el papa Francisco recomienda «paz y no violencia»; pero la violencia callejera e incluso de grupos revolucionarios supone que hay una violencia estructural previa.

Con esta introducción ofrezco mi punto de vista, sin duda discutible, sobre los procesos de Cuba y Colombia que durante los últimos meses han tenido gran cabida en los medios de comunicación. Aunque son procesos distintos, hay un problema de fondo común a los pueblos de América Latina.

He conocido bastante de cerca el proceso de la revolución cubana que tuvo lugar en 1959. Cuba nació como un estado moderno y quienes lo inventaron fueron pensadores humanistas de primera talla. Dada la colonización y dependencia imperialista que sufría este pueblo, dicha revolución parecía ineludible y los mismos obispos de Cuba reconocieron su valor. No soy tan ingenuo para defender sin más el proceso de esta revolución en su larga duración más de cincuenta años. Pero también debemos preguntarnos: ¿no fueron justos los reclamos que motivaron tal revolución?, ¿no hay algunos logros en el proceso? En aquella revolución la población cubana vibró por un ideal de justicia y hermandad, ¿habrá que abandonar ese ideal por los fracasos en el camino de su realización o porque ha desaparecido el líder Fidel Castro? Por lo demás, ¿acaso es satisfactorio el proceso seguido en un sistema de neoliberalismo económico incapaz de abrir un camino de más igualdad entre los seres humanos y de quitar la pobreza escandalosa que sufre la mayoría de la humanidad?, ¿se arregla todo si el pueblo cubano baja la cabeza y sigue sometido al imperialismo que le impongan los poderosos?

Conozco menos el proceso de Colombia. En este pueblo no se han dado en el siglo pasado las revoluciones como, por ejemplo, en Cuba, Nicaragua o Salvador. Hoy Bogotá es una gran ciudad que nada tiene que envidiar a las grandes ciudades europeas y sus avances técnicos son bien notorios, si bien se hacinan en sus afueras mucha gente pobre y desvalida. Este pueblo con muchos valores humanos viene sufriendo durante las últimas décadas las heridas del narcotráfico, del secuestro y de las guerrillas que desangran a la población. Por eso es laudable la iniciativa de los gobernantes por lograr un acuerdo de paz. Como dice muy bien el Ministro de Justicia de Colombia, «no se repara a las víctimas con las FARC en prisión». Pero, también aquí salta el interrogante: ¿se arreglará todo solo con acuerdos de paz?, ¿qué calado tienen?

En el origen de las revoluciones y revueltas de América Latina cuentan mucho la dependencia imperialista, la situación de injusticia social, y una pobreza escandalosa. Ignorar esta situación mantenida y agravada por el sistema vigente y globalizado, así como creer que se arregla solo con pactos políticos necesarios y pasajeros, puede cerrar heridas en falso. El papa Francisco hace una llamada a «la paz y la no violencia». Pero la paz se construye con la justicia, y las violencias armadas se curan de verdad tratando de superar la violencia institucionalizada que crucifica irreverentemente a estos pueblos de América Latina.

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