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«Yo no sentía que era una mujer maltratada, pero él sí sabía que era mi dueño»

25 noviembre 2016 | Por

«Yo no sentía que era una mujer maltratada, pero él sí sabía que era mi dueño»

Ester Calderón | El horno ya estaba cerrado, así que, al ver a aquel hombre encapuchado, pensó que era un ladrón. Le suplicó que se llevara lo que quisiera, pero aquel hombre quería matarla. Mientras la estaba ahogando, en pleno forcejeo por salvar su vida, Gene Sanabria pudo arrancarle el pasamontañas y descubrir a su marido. Durante el instante en el que, hundido, la soltó, se excusó para ir a beber agua y llamó al 112. Solo alcanzó a decir «mi marido quiere matarme» cuando apareció por la puerta y colgó. Salió a la calle, enseguida llegó la policía y se lo llevó.

Después de ese shock, ¿cómo conseguiste ir recuperándote?

Al principio me fui al campo con mis hijas y mi madre. Desaparecí. Solo podía llorar. Fueron meses de dejarme llevar. Me traían y me llevaban a declarar, al médico forense, a la psicóloga. Poco a poco me fui reponiendo porque me di cuenta de que no podía ser totalmente dependiente, así que me fui superando.

¿Cómo fue la vuelta al pueblo?

La familia de mi marido me presionaba para que quitara la denuncia, pero como me negué, se dedicaron a malmeter con mis hijas, a justificarlo, diciendo que «cómo lo habría puesto para que hubiera reaccionado así». Notaba que mis vecinas no me miraban igual, que la gente hacía comentarios a mi paso.

Un día que pasaba por la calle, Dolors me llamó y me invitó a una charla organizada por las feministas. Recuerdo que al entrar todas me recibieron con cariño, me pusieron en primera fila como si fuera alguien importante.

¿Cómo comenzó tu proceso de empoderamiento?

Empecé a ir al grupo de psicología de mujeres. Hacíamos una ronda y cada vez que me tocaba a mí, no podía articular palabra, solo llorar. El policía que llevaba mi caso, cuando fuimos cogiendo confianza, me pidió que hablara con otras mujeres víctimas de violencia para que les contara mi experiencia. Explicarla me ayudó a asimilar lo que me había pasado, acompañarlas, me liberó.

También me uní al grupo de mujeres feministas, asistí a muchas conferencias, dialogué con todas ellas, sentía que hablábamos un mismo idioma. Hice un curso de informática, hasta me recibió el alcalde, imagínate qué cambio.

¿Te sentías culpable por lo que había pasado?

Nos hemos acostumbrado a sacrificarnos siempre por los demás, a descuidarnos, a ponernos el peor plato. Cuando pasó aquello, solo pensaba: ¡la que has armado! Tuve que encontrar a otra gente que me convenciera de que había hecho bien, de que aquello no era vida. Toda mi familia me apoyó, respetó mis tiempos, no me juzgó. He tenido tanta suerte que solo pienso en todas aquellas mujeres que no han podido salir o que han tenido una mala experiencia cuando han pedido ayuda.

Con todo lo que has descubierto, ¿cómo relees ahora la violencia que sufriste anteriormente con tu pareja?

He padecido la violencia desde hace mucho tiempo sin darme cuenta. Imagino que la habría notado si hubiera sido física, pero cuando es psicológica, y más en la sociedad machista en la que lo ves todo normal, no eres consciente. Los celos habituales, que si no te pintes, que si vas muy corta, te van comiendo el coco. Al principio, como tengo carácter, aunque él protestara, yo me ponía la minifalda. Pero entonces empezaba a ponerse de morros y tú, para no disgustarlo, cedías. Por cualquier cosita, discutía, y tú para llevarte bien, cedías. Y vas cediendo año tras año hasta que te coge la medida.

Yo no salía, ni iba a comidas de amigas, ni salía sola. Me había pasado 35 años encerrada en un horno. Cuando me fui dando cuenta de que no quería vivir así, de que las amistades eran de él y no mías, de que no iba a los sitios que me gustaban, me planté para tratar de ser yo misma.

¿Cuál fue el punto de inflexión?

Cuando supo que me iba a separar, hasta entonces nunca me había pegado. Yo no sentía que era una mujer maltratada, pero él sí sabía que era mi dueño. Cuando veo en la televisión asesinatos de mujeres sin denuncia previa, pienso que les ha podido pasar lo que a mí, que han estado machacadas toda la vida y, cuando han dicho «hasta aquí llego», es cuando han intentado matarlas. Los vecinos salen muchas veces contando que no se habían enterado de nada y que eran unas bellísimas personas.

¿Qué podemos hacer personalmente y como sociedad para combatir la violencia?

Ayudar a las mujeres que ya están viviendo esa situación, explicándoles que es posible tener otra vida, que somos iguales en derechos que los hombres, que no tenemos porqué aguantar. En las charlas que doy, insisto en que somos personas normales, que una maltratada no es una harapienta o una mujer que se lo merece porque se ha portado mal. Las mujeres jóvenes tienen que escuchar que no es normal que les miren el móvil o que les echen en cara que van provocando. Que no dejen que las sometan ni que ejerzan el poder sobre ellas.

Pero para evitar realmente la violencia, aunque tienen que pasar muchas generaciones, lo más importante es la educación.

¿Merece la pena salir cada 25 de noviembre?

El 25, el 26 y cuantos días hagan falta. A la calle, a los mercados, a los institutos. Las feministas tenemos que darnos más a conocer para que puedan acudir a nosotras. Nos tienen que ver. La primera manifestación que se organizó en el pueblo conté que éramos 38. «Qué ridículas», dijeron algunos al vernos pasar. Desde entonces hemos ido sumando a más gente. Aun así, con que de 200, una se quede, habrá merecido la pena.

¿Te sientes más víctima o superviviente?

Fui víctima de violencia y superviviente por casualidad, porque me libré en ese momento y porque os conocí a vosotras. Me decíais que era muy valiente, cuando yo pensaba que había sido muy cobarde. De tanto escucharlo, me lo creí.

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