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Un descenso con fin

20 julio 2016 | Por

Un descenso con fin

José Luis Palacios |  «Todo para abajo». Así resume José María su trayectoria desde que perdió el empleo hasta que se vio en la calle. En realidad, su descenso debió de comenzar mucho antes.

Pasa la mayor parte de los días echando currículums por todo Madrid. Un poco porque su esperanza es encontrar trabajo y otro poco porque a eso está obligado como perceptor de la Renta Activa de Inserción que le han concedido los Servicios Públicos de Empleo. Cada mes tiene que volver por la oficina del INEM a mostrar la carta de las empresas que le han querido atender y le han sellado su demanda de empleo.

Le encanta andar por la ciudad. Es lo que lleva haciendo varios años, desde que llegó, con una bolsa de deportes por todo equipaje, a la capital, y eligió la Plaza Mayor para pernoctar. «A las siete van regando y ya te pones arriba. Te pones a caminar por todos lados… Sabes que a tal hora dan desayuno en tal sitio, luego a buscar la comida o la cena. Eso sí, tienes que llegar a la hora…», dice.

Cuesta entender lo que puede llevar a una persona a emprender un viaje hacia un destino tan incierto. Salvo que no tenga mucho que perder, ni sepa a quién puede recurrir, claro. «Me vine a Madrid en 2014 a ver si salía algo…, ya estuve trabajando aquí en los años 90», es toda su explicación.

Su último empleo conocido data de 2014: «estuve trabajando a media jornada para el ayuntamiento durante cuatro meses». Anteriormente trabajó en la construcción, en la agricultura y hasta en el mantenimiento de un circuito de karts. Estuvo «más años sin contrato que con contrato». Seis en negro y tres en blanco, para ser exactos.

En León acudió a los servicios sociales, «no me ayudaban»; también acudió a las asociaciones humanitarias: «Cruz Roja y Cáritas en León te dan cinco días de comidas, pero luego hay que pagar…». Por eso, se convirtió en un emigrante más: «Cuando se me acabó el dinero me tuve que ir, si te pilla la policía pidiendo te pueden multar». Pero en Madrid, tampoco encontró empleo. La razón es una frase que empieza pero que no acaba: «en cuanto dices la edad…».

Él ahora vive en un piso, bastante decente. Un hilo al que agarrarse que surge después de las quejas de los comerciantes del centro histórico de Madrid, la sensibilidad del nuevo ayuntamiento y la disposición de la Fundación Luz Casanova. El director de su Centro de Día y responsable del área de personas sin hogar de la entidad, Antonio Miralles, explica: «El nuevo equipo de gobierno del Ayuntamiento de Madrid se comprometió con los hosteleros de la Plaza Mayor, ante la situación de tantas personas que duermen por allí, a aumentar el número de plazas de alojamiento disponibles. La Fundación Luz Casanova consideró que era una oportunidad y se presentó a la convocatoria».

El Ayuntamiento ha puesto a disposición del SAMUR Social y de las entidades sociales 20 nuevas plazas de alojamiento de la Empresa Municipal de la Vivienda, por el momento, mediante un contrato de alquiler. La fundación para la que trabaja Miralles ha asumido la gestión directa de tres pisos. «No podemos más porque hace falta un dineral», razona.

Así es como José Maria dispone ahora de un piso de forma estable para que lo haga su hogar. El trabajador social valora muy positivamente el convenio: «Supone dar un paso más en el itinerario de intervención hacia un alojamiento a largo plazo, estable y digno, en principio, para las personas de la Plaza Mayor que debería ampliarse a más zonas». También matiza que se trata de «plazas estables, pero no permanentes…, no es un vivienda finalista, pero tampoco hay plazos de tiempo porque la idea es ir cumpliendo objetivos poco a poco».

«El objetivo final es que puedan conseguir, al menos, una habitación en la que vivir sin apoyos, más que puntuales, de terceros…», añade Miralles, quien insiste en que, además del piso, «hay un acompañamiento como parte de un itinerario de intervención». Las palabras del técnico dejan traslucir cierta incomodidad con esta forma de trabajo: «los pisos estaban ahí antes del proyecto, para responder a una demanda inmediata…». De hecho, de haber podido participar en su diseño, matiza, «seguramente hubiéramos planteado un abordaje que tuviera en cuenta que hay que dar el mismo acceso a pisos a la persona que duerme en la Plaza Mayor que en Ópera, por ejemplo».

Con todo, admite que «es muy gratificante ver la emoción de la persona a la que le das las llaves, le tiemblan las manos, están muy nerviosas. Luego no sabes qué pasará, pero les ves con ganas de hacer cosas, de querer limpiar la casa, de colocar esto y lo otro…, muy activados».

Desde luego, parece ser el caso de José María, que asiste a clases de informática, porque lo necesita para presentarse a algunas ofertas de trabajo, a las actividades de ocio, porque no le gusta pasar tanto tiempo solo en su piso. Por supuesto, responde que está «mejor aquí que en la calle, aunque cuesta al principio, porque la calle llama mucho». Incluso está empadronado para poder tener acceso a los servicios públicos.

Ahora tiene que rehacer su vida. Llevar una casa, lo que no le asusta: «ya cocinaba, cuando vivía con mi madre, que era muy mayor». Huérfano de padre a los 11 años, el pequeño de varios hermanos, tuvo que asumir desde muy pronto grandes responsabilidades, sin muchos apoyos, sin rencores tampoco. «Desde muy niños había que empezar a trabajar y pierdes el contacto… Con 12 o 13 años las mujeres se iban a las casas y los niños al caserío, a la labor… De algunos ni me acuerdo».

Para llegar a donde él ha llegado solo hace falta que los infortunios se acumulen. Las redes de apoyo y el tejido de relaciones se van perdiendo hasta que no queda ningún asidero. Él mismo confiesa que «desde que murió mi madre no he vuelto a ver mi familia» y es él quien establece una relación entre dos pérdidas: «Eso fue en el 2009, estuve un año más trabajando y luego se acabó». Es lo que le hace pronunciar una frase muy reveladora: «A partir de ahí, todo para abajo». Ahora, sin embargo, podría decirse que ha empezado a ir para arriba.

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