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Política, moral y espiritualidad #EditorialNNOO

09 julio 2015 | Por

Política, moral y espiritualidad #EditorialNNOO

¿Estamos ante un nuevo tiempo político? Es claro que se ha producido un cambio (relativo, pero cambio) en los agentes políticos institucionales, particularmente en los partidos políticos. Ese cambio relativo también se ha producido en los comportamientos electorales y en las actitudes de una parte de la ciudadanía. Bienvenidos sean esos cambios, pero ¿es suficiente para la nueva política que necesitamos? Creemos que no. Necesitamos bastante más: construir esa nueva política entre todos.

El desafío, como planteó Benedicto XVI en «Caritas in veritate», es hacer frente a la disolución de lo humano que se ha producido en nuestra sociedad, construyendo un nuevo humanismo integral: «hemos de asumir con realismo, confianza y esperanza las nuevas responsabilidades que nos reclama la situación de un mundo que necesita una profunda renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor» (n. 21). Y, también, en el lenguaje del papa Francisco, en «Evangelii gaudium», necesitamos «políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo (…) políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres» (n. 205). Esos «políticos» somos todos nosotros. Esa es la oportunidad que hemos de saber aprovechar. Hacerlo depende de cómo articulemos política, moral y espiritualidad.

Estamos inmersos en una profunda crisis de la política que, en nuestra opinión, procede de que no hemos sido capaces de construir un proyecto de convivencia y de organización social en el que el ser humano, especialmente el más débil y empobrecido, sea realmente el centro. El desafío es, por tanto, construir un proyecto común de convivencia y de organización social que responda a la verdad sobre el ser humano y así reconozca en la práctica su sagrada dignidad. Esto debe suponer particularmente tres cosas: la inclusión social de los empobrecidos, es decir, hacer una verdadera y real opción por los descartados por el sistema económico, porque es la única forma de poner en el centro a la persona; la búsqueda del bien común cimentado en la justicia, es decir, anteponer las necesidades de los demás, en particular de los pobres, a los intereses propios; y el diálogo social como contribución a un proyecto de convivencia realmente humano y construido desde la diversidad.

Esto es, en realidad, una manera de entender la relación entre política, moral y espiritualidad. Entendiendo la política como algo que es propio de la naturaleza humana: la práctica del ser humano dirigida a construir la vida social. Entendiendo que su razón de ser es hacer posible la vida, que todas las personas puedan vivir de acuerdo a su dignidad. Por esa razón defender la vida está estrechamente unido a la búsqueda de la justicia: lo justo es que cada persona pueda ser y vivir con dignidad.

Esta manera de entender y vivir la política responde a una convicción moral. La moral dota de fines humanos a la actividad política. La moral es la que ha de decirnos cómo debe ser el comportamiento humano y la organización de la sociedad para hacer el bien, o sea, para ayudarnos a crecer en humanidad. Una política será humanizadora en la medida en que responda y se ajuste a lo que nos humaniza, a un planteamiento verdaderamente moral. Ahora bien, la moral brota de una espiritualidad, del sentido y el fundamento que damos a nuestro ser y vivir –personal y social–, del sentido que damos al ser humano y a la vida social del ser humano.

La nueva política que necesitamos pasa por poner en el primer plano esta relación entre espiritualidad, moral y política porque en la raíz de la crisis política hay un profundo empobrecimiento espiritual y moral. Como dijo el papa Francisco en el Parlamento Europeo, «se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica». Ese predominio de lo técnico y lo económico disuelve lo humano porque, si bien es cierto que lo técnico es importante para la acción política, no es lo más importante, sino solo un instrumento para lograr fines humanizadores. Solo podemos afrontar ese problema desde la unión entre espiritualidad, moral y política. Y sabiendo, además, que la espiritualidad –el sentido y el fundamento de lo humano– es lo decisivo, porque cultivarla en nosotros y en los demás es lo que nos puede ayudar a ser y formar personas nuevas para construir una nueva sociedad.

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