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Individualismo o Comunión

03 marzo 2014 | Por

Individualismo o Comunión

Se cumplen ahora cincuenta años de la muerte de Guillermo Rovirosa. El que fuera arzobispo de Tarragona, Josep Pont i Gol, dijo de él que «desde el día de su conversión vivió totalmente para conocer, amar e imitar, con creciente fidelidad y amor, el ser y el hacer de Jesús». En efecto, su vida estuvo llena de la experiencia del amor de Jesucristo, de un gran amor a Jesucristo, a la Iglesia y a los pobres. Tres cosas para él inseparables, una sola cosa en realidad. Por eso dedicó su vida a organizar la HOAC como instrumento de la Iglesia para hacer presente la Buena Noticia de Jesucristo en el mundo obrero y del trabajo, en particular en los trabajadores más débiles y empobrecidos.

Este número de «Noticias Obreras» está dedicado a mostrar la actualidad y el valor de su vida para el hoy de la Iglesia y del mundo obrero y del trabajo. En estas líneas queremos destacar tres rasgos de su vida que nos parecen especialmente importantes hoy. Los presentamos con el hilo conductor de dos «lógicas» completamente distintas en la construcción de nuestra humanidad y de nuestra sociedad, dos «lógicas» centrales en la propuesta de Rovirosa para el mundo obrero y del trabajo: individualismo o comunión. Una raíz fundamental de los problemas, las injusticias, el empobrecimiento, la deshumanización que padecemos, está en que seguimos demasiadas veces la «lógica» del individualismo; las respuestas están en seguir la «lógica» de la comunión, la «lógica» del Dios de Jesucristo, la que responde realmente a la vocación de nuestra humanidad.

Rovirosa se tomó completamente en serio la invitación de Jesús sobre lo que significa vivir de forma cabal nuestra humanidad: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36). Misericordia que es amor práctico y concreto a las personas concretas; respuesta a la necesidad de cada uno de realizar su vida, de vivir en plenitud; respuesta, por tanto, al sufrimiento injusto del otro para erradicarlo, sin ninguna excusa para no hacerlo. De ese amor concreto nacen dos cosas: la lucha por la justicia y el deseo de tratar al otro con justicia, de ser justo con él. Y la mayor justicia hacia el otro es, como vivió Jesús, poner la vida a su servicio, dar la vida para que el otro viva. Y eso solo se hace por amor al otro. Nace de la experiencia del amor concreto de Dios a cada persona, no a la humanidad en abstracto, de un amor hasta el extremo. De un amor que se acoge en el amor al otro. «Jesús está en el otro», dirá una y otra vez Rovirosa. Nuestra humanidad se realiza en el amor al otro. Esto no se ve desde el individualismo, que tiende a verlo todo desde el propio interés y conveniencia, pero es lo más radicalmente humano. ¡Cómo cambiaría nuestra vida y nuestro mundo si acogiéramos la misericordia de Dios y construyéramos nuestra vida y nuestra sociedad desde la misericordia!

De la experiencia de ese amor misericordioso de Dios, de Jesucristo que da la vida por cada uno de nosotros para que podamos vivir de acuerdo a nuestra dignidad, nace el reconocimiento de la sagrada dignidad de cada persona, de toda persona. La persona debe ser siempre lo primero, el centro, fin y sujeto de todo. Por eso, ese amor se rebela cuando los hijos e hijas de Dios son explotados, humillados, instrumentalizados… La lucha por la justicia debida a cada persona en razón de su sagrada dignidad se convierte así en vida cotidiana, en tarea central y esencial para vivir humanamente: «Frente a una humanidad metalizada (dirá Rovirosa) que únicamente atribuye valor –y por tanto dignidad– al dinero –y al poder que se utiliza para hacerse con dinero– se levanta la HOAC para continuar el mensaje eterno de la Iglesia y decir: el valor máximo en la tierra es el hombre, como imagen de Dios y como hijo de Dios. Todo lo que existe en la tierra es para el hombre y el hombre es para Dios. Nos enfrentamos, por tanto, con los que quieren posponer el hombre al dinero, o al Estado, o a la economía, o a la producción». «La lucha de la HOAC se encamina en primer término a que todo obrero recobre la conciencia de su dignidad de hombre y de obrero a la luz de Cristo». Es esa sagrada dignidad de la persona lo que está en juego, hoy de forma muy radical y evidente, en la forma en que es tratado el trabajo y la persona del trabajador o trabajadora. Desde el individualismo hemos construido ídolos –muy en particular el ídolo del dinero al que se somete todo– que han ocupado el lugar de las personas, en relaciones y estructuras sociales que niegan en la práctica que lo primero debe ser siempre la persona. ¡Cómo cambiaría nuestra vida y nuestro mundo si realmente y en la práctica reconociéramos la sagrada dignidad de la persona y pusiéramos en primer lugar, siempre y sin excusas, a las personas!

El empeño por el reconocimiento efectivo de la dignidad de cada persona, de cada trabajador y trabajadora, que es lo mismo que decir la lucha por la justicia debida a cada persona, muy en particular a cada empobrecido, se realiza buscando construir comunión entre las personas, en las relaciones y estructuras sociales. Estamos hechos para la comunión con los demás y con Dios. El Dios Amor-Comunión, que se ha hecho uno de nosotros en Jesús, nos llama a participar de su propio ser comunión de personas y ese es el camino de nuestra realización humana. El individualismo es la negación radical de esta vocación humana, de lo que es nuestra humanidad. Solo en la medida en que nos reconozcamos, no como individuos aislados que creemos que nuestra humanidad se realiza buscando nuestro propio interés o conveniencia, sino que somos personas que necesitamos a los otros para construir nuestra propia singular humanidad; en la medida que reconozcamos al otro como «otro yo», podremos construir realmente nuestra humanidad y un mundo a la medida del ser humano. «Todo es comunión», dirá Rovirosa. ¿Queremos vivir acogiendo esa realidad o de espaldas a ella? Porque hemos luchado mucho por la justicia, por afirmar la dignidad humana, pero cuando lo hemos hecho desde el individualismo, desde la búsqueda del interés propio, lo que hemos logrado es luchar unos contra otros por la existencia, competir unos con otros. El resultado es que en esa «lógica» siempre se impone la ley del más fuerte, y los empobrecidos por esa ley del más fuerte siguen siendo empobrecidos. Solo si buscamos construir la vida y las relaciones sociales desde el amor al prójimo, desde el reconocimiento del otro, desde las necesidades de los otros, desde la justicia debida a los empobrecidos, solo entonces construiremos lo que necesitamos, la colaboración por la existencia. Porque no somos para competir, sino para la comunión. ¡Hemos construido el mundo alejados de esa verdad esencial del ser humano y así es de deforme nuestro mundo! En Jesucristo vemos que es posible vivir desde la lógica humana de la comunión. La cosa está en que realmente nos decidamos a hacerlo.

Amor misericordioso que responde a lo más hondo de nuestro ser; empeño por el reconocimiento práctico y efectivo de la dignidad de cada persona, que se hace lucha por la justicia y ser justos con los otros; comunión como camino y meta de nuestra humanidad. Los cristianos creemos esto, los hoacistas creemos esto. Pero esto no es para decirles a los demás que lo vivan, es para vivirlo nosotros. Rovirosa insistía mucho en ello: la forma de anunciar esta forma de vivir que nos propone Jesucristo con su propia vida, es vivirla. No hay otra manera. Se trata de crecer, día a día, en la vida cotidiana, en construir esa vida de comunión en nosotros y con otros en nuestro mundo obrero y del trabajo. Solo así podremos acoger y compartir la Buena Noticia de Jesucristo, solo así podremos invitar a otros a vivirla. Si ven lo que decimos. Si no, solo diremos palabras que los demás no podrán creer.

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