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Hermanos y hermanas nuestras

04 noviembre 2013 | Por

Hermanos y hermanas nuestras

El 3 de octubre naufragó cerca de la isla italiana de Lampedusa una embarcación en la que viajaban hacinadas más de 500 personas, africanos que intentaban llegar a Europa. Murieron al menos 359 personas. El 11 de octubre se produjo otro naufragio en el que murieron más de 50 personas. Estos hechos son una trágica normalidad que se viene produciendo desde hace años, en medio de una generalizada indiferencia. Se habla de que en los últimos 25 años han muerto en aguas cercanas a Lampedusa 20.000 personas.

Lampedusa es uno de los lugares más importantes de llegada de africanos a Europa. Son personas que intentan huir de la pobreza y la violencia, buscando oportunidades de vida. Pero se ven obligadas a hacerlo escondiéndose, poniéndose en manos de traficantes que les cobran mucho dinero por una travesía en muy malas condiciones. Se ven obligados a poner en peligro su vida porque la Unión Europea tenemos una ciega e inhumana política de cierre de fronteras. Por eso muchos lo que encuentran no son las oportunidades de vida que buscan, sino la muerte. Si llegan a Lampedusa son «ilegales». Lo que sí encuentran es la solidaridad de muchos de los habitantes de la isla que hacen lo posible por acogerlos y atenderlos.

En julio el papa Francisco visitó Lampedusa. Expresó su dolor por lo que allí ocurre y mostró su solidaridad con los africanos y con los habitantes de la isla. Denunció el desastre humano que provocan unas políticas migratorias completamente equivocadas y reclamó lo que más falta hace para cambiarlas: humanidad y fraternidad. Habló de un grave mal que nos aqueja, «la globalización de la indiferencia» y lanzó una pregunta que nos incomoda profundamente: «¿quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas nuestras?». Porque ahí está la raíz del problema, no aceptamos esta verdad fundamental: esas personas que mueren en el intento de llegar a Europa son hermanos y hermanas nuestras, de los que deberíamos sentirnos responsables. Y como no la aceptamos, no actuamos en consecuencia. Como dijo el papa Pablo VI hace ya muchos años: «El mundo está enfermo. Su mal está… en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» («Populorum progressio», 66).

Es cierto que los movimientos migratorios presentan problemas complejos. Es cierto que es necesario regularlos para poder actuar con mayor justicia. Pero tan cierto como esto es que la actual regulación, las actuales políticas migratorias, son profundamente injustas y provocan muchas muertes. En el caso de la Unión Europea, el cierre de fronteras es un intento ciego y absurdo de poner fronteras a la pobreza y la desesperación, que solo provoca muertes. Los recortes en unos ya insuficientes medios para la acogida de inmigrantes y refugiados dificultan cada vez más la hospitalidad, que es un deber moral de primer orden. Y, además de todo ello, la carencia de una real y efectiva política de solidaridad y cooperación con los pueblos africanos, perpetúa una situación de graves desigualdades que alientan la emigración.

Necesitamos superar la indiferencia ante estos hechos y cambiar de raíz las políticas migratorias. Lo que ahora pasa tiene su raíz en la falta de fraternidad. Lo que necesitamos son políticas pensadas desde la fraternidad que actúa en consecuencia. El problema que tenemos es que hemos construido nuestras sociedades volviendo la espalda a una verdad fundamental sobre el ser humano, la que proclamó e invitó a acoger y vivir el Concilio Vaticano II: «Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres constituyan una sola familia humana y se traten entre sí con espíritu de hermanos» («Gaudium et spes», 24). Volver la espalda a esta vocación nos deshumaniza, fabrica injusticias y provoca muerte. El camino de la vida es el de la fraternidad que se hace caridad, amor concreto a las personas que actúa en favor de la justicia para los empobrecidos, en lo personal, en lo social y en lo político. Si continuamos negando esta verdad fundamental de nuestra humanidad continuarán las muertes.

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