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  • 23-05-2018


    «En los Hechos de los apóstoles vemos comunidades en transición»


    Carlos Ballesteros, autor de La Economía de las bienaventuranzas.

    Charo Mármol | Carlos Ballesteros es Profesor de Marketing en la Universidad Pontificia de Comillas pero, sobre todo, un activista empeñado en hacer posible otro mundo más humano que ha impulsado, e impulsa, numerosas iniciativas de economía social y solidaria. Acaba de publicar el cuaderno de Ediciones HOAC La Economía de las bienaventuranzas.

    ¿Es posible ejercer la coherencia en lo cotidiano, en el día a día, con el Evangelio?

    Me gusta hablar de procesos y de caminos más que de resultados. El Reino de Dios sigue siendo esa utopía por la que tenemos que trabajar. Hoy tenemos dos bancos éticos para ejercer algo de coherencia. También podemos contratar la luz a una cooperativa eólica y solar que planta cara al oligopolio. Podemos llamar a través de una cooperativa ética de telefonía. Hay opciones en lo pequeñito para vivir esa utopía. A veces cuesta, hay que buscarla, perseguirla y luchar. Falta llegar a todo. Es como el desierto y las tentaciones, todos caemos, a veces. Vivimos en la sociedad de consumo del siglo XXI, pero ahí está el camino que podemos recorrer.

    Los «suficientistas» dicen «las personas solo necesitamos comprar el mínimo exigible para vivir y todo lo que exceda de ello empeora el nivel de vida». Tan tajante como difícil de explicar en esta sociedad nuestra…

    Un economista estadounidense, Easterlin, habla de una paradoja. Estudió el nivel de felicidad de los norteamericanos desde los años 50 a los años 80 en comparación al crecimiento de la riqueza de EEUU. Hasta la Segunda Guerra Mundial las dos líneas eran más o menos paralelas. A mediados de los años 60 y principios de los 70 las líneas comienzan a divergir. La economía seguía creciendo y la felicidad de las personas se pone asintótica y luego decrece.

    Se puede explicar recurriendo a las viñetas de Mafalda. Su padre quería comprarse un coche. Llega a casa muy cansado del trabajo y ve a su hijo pequeño, Guille, con unas tijeras enormes y una revista. El padre le pregunta qué está haciendo. «Estoy buscando el coche que te vas a comprar», le responde. El padre se va y vuelve con unas tijeras pequeñitas. Esto habla de las expectativas. En otra viñeta, Mafalda y su amigo Felipe van paseando y ella le dice: «Este es el coche que se va a comprar mi padre», refiriéndose a «un dos caballos». Y Felipe le dice: «Es el único coche en que lo importante sigue siendo la persona». En una tercera viñeta, el padre ya se ha comprado el coche. A altas horas de la madrugada, se levanta de la cama y va a ver si el coche está durmiendo bien en el garaje. Ya tiene una preocupación más, una posesión más que cuidar, ya es un poco menos feliz.

    Quizás la economía colaborativa, que está en discusión, nos aporte alguna pista. Al menos, en parte, si entendemos que es mejor usar que poseer, que la propiedad se puede compartir y que no es necesario preocuparnos tanto por las cosas. Sobre los «suficientistas» y el mínimo exigible hay mucho que discutir, pero es verdad que estamos en un momento en que si los 7.000 millones de personas consumieran lo que en el mundo próspero harían falta tres planetas como el que tenemos. No queda otra que parar, que decrecer y transitar a comunidades más conectadas con la tierra, con la naturaleza, más apegadas al territorio y el terreno.

    Propone pagar con tiempo en vez de con dinero, a través del consumo colaborativo, hablas también de red de comunidades y ciudades en transición…

    Somos ricos en muchas cosas, sobre todo, en tiempo. Cualquiera puede ofrecer su tiempo. La transición a la economía basada en lo colaborativo, el trueque, los bancos de tiempo… supone intercambios fuera de lo que es la mera moneda. Si miramos al Evangelio, aquellas comunidades de los Hechos de los Apóstoles en la que todos comparten y todo era de todos, veremos esas comunidades en transición. Podemos vivir en pequeñas comunidades, compartiendo lo que tenemos, donde el cuidado de los niños y niñas y personas mayores lo podemos hacer entre todos. Esas comunidades parten de la confianza. También persiguen la sostenibilidad medioambiental.

    ¿Cómo cambiar los estilos de vida, cómo compartir el tiempo, en grandes ciudades? ¿Hay que crear comunidades más pequeñas?

    Madrid, por ejemplo, no existe como tal. Existen las personas, los ciudadanos y ciudadanas que viven en la ciudad, en los barrios. Digo barrio, no como algo físico, sino como concepto mental que abarca a las personas con las que vivo y convivo. En el 2002 fui al Foro Social, a Porto Alegre. En aquella época tenía 3 millones de habitantes, más o menos como Madrid. Habían montado los presupuestos participativos, de abajo arriba, del barrio, de la manzana, de la pequeña comunidad hasta el nivel superior. Ahora el Ayuntamiento está potenciado algunos proyectos de este tipo y hay dinero europeo para dar visibilidad, formación e impulso a estas iniciativas. Cuando comenzamos el comercio justo, no podíamos ni imaginar que con los años se crearía el Mercado Social. Pero necesitamos a la comunidad para que respalde todo esto.

    Hay alternativas de consumo que cuestan un poco más… ¿Es algo para los más pudientes?

    Los economistas hablamos de economía de escala. Cuanta más gente garantice al productor de aquí al lado que va a comprar su producción, tendrá más posibilidades de producir más y de abaratar los costes. Luego está la falacia del precio. Hay café de comercio justo un poco más caro, pero mucho mejor que el más barato del supermercado. Lo más importante es que a las personas se las conoce por la agenda y el monedero, por el uso de su tiempo y el destino de su dinero. A veces, es verdad, hay que poner un poco más, un premium, que se quita de otra parte. Pero hay que elegir qué queremos apoyar.

    ¿Cómo se puede hablar de la reconciliación económica, de reestablecer la confianza ante los grandes ajustes y recortes, ante los casos de corrupción?

    Conozco a personas que se fiaban más del director de la sucursal de Bankia que de un doctor en Economía, hasta que le vendieron las preferentes. Todo se basa en esas confianzas y es muy difícil recuperarlas cuando se han roto. Volkswagen nos han engañado. Decían que estaban vendiendo coches que no contaminaban, lo que ya es un engaño, cuando sabían que sus mediciones eran falsas. Te sientes tan mal que no puedes reconciliarte con ellos. Las grandes empresas tendrán que aprender a hacer las cosas de otra manera.

    Tenemos alternativas de las que nos podemos fiar. A través del ejemplo nos convencerán. Si una compañía ética de teléfono me llama para decirme que estoy pagando de más, me va a convencer de que merece la pena. Un gurú del marketing dice que al consumidor hay que enamorarle todos los días. Desde el mundo de la economía social y solidaria también. A veces, hemos sido cutres y cuando éramos cutres y no dábamos lo que había que dar perdíamos la confianza. Cuando se ve que esto es serio, que no es un juego de cuatro amigos, de que la economía social y solidaria está aquí para quedarse y da buenos servicios y productos a unos precios más o menos adecuados, la confianza y esos puentes que estaban rotos se reconstruyen. Cuando veo gente en lo político que está intentando utilizar el dinero de los impuestos, el dinero de todos, en pro del bien común recuperan mi confianza.

    Al oír que hay fortunas que no declaran lo que debían o personas corruptas que meten la mano en la caja común, es comprensible que haya quien quiera ocultar su dinero, no pagar más impuestos… La última bienaventuranza es aquella de dichoso los perseguidos. Se puede entender en clave de objeción fiscal a los gastos militares. Pagar impuestos cuesta, no tanto por el esfuerzo económico, sino porque no ves aquello por lo que uno apuesta, por la educación y la sanidad de calidad… Hay que seguir creyendo, teniendo fe, en el ser humano, en la bondad de este Estado de bienestar, habrá que seguir apostando con nuestros votos por aquellos políticos que pensamos que son honestos, lo hacen bien y ponen el dinero de los impuestos al servicio del bien común y no de los ricos.

    Carmen Bernabé dice que «la solución no es crear cada vez más usuarios de la bondad de los ricos, sino ciudadanos con igual dignidad de derechos y deberes». ¿Es esta la clave para poner la economía al servicio del ser humano de modo que no haya nadie con necesidad de acudir a un banco de alimentos?

    En los peores tiempos de la crisis, unos concejales de mi pueblo se bajaron el salario y pusieron ese dinero en una bolsa para crear un banco de alimentos. Unos vecinos montamos una despensa solidaria y colectiva para asegurar la soberanía alimentaria. Hablábamos todos de todo y las decisiones se tomaban entre todos. Había familias con niños pequeños y pensábamos que además de los macarrones había que darles tomate frito, por ejemplo. Llegó el banco de alimentos y mató la asociación. Repartía miles de kilos de alimentos que sobraban de los supermercados sin mucho control, había colas enormes. Esto hay que denunciarlo, hay que trabajar por una economía horizontal participada por todos. A lo mejor en el corto plazo es mejor ese modelo, porque ellos podían dar lentejas y a nosotros nos costaba mucho poder dar los alimentos, pero a largo plazo no resuelve el problema.

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Carlos Ballesteros

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