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  • 01-12-2003


    ¿Qué futuro tiene el cristianismo?


    Entrevista a José María Mardones, autor de «La indiferencia religiosa en España»

    José María Mardones es investigador en el Instituto de Filosofía del CSIC de Madrid. Anteriormente fue profesor de las Universidad de Deusto y del País Vasco. Conocido por su interés en las cuestiones relacionadas con la sociedad y cultura moderna en diálogo con el cristianismo, acaba de publicar «La indiferencia religiosa en España. ¿Qué futuro tiene el cristianismo» (Ediciones HOAC).

    Hablamos con él sobre algunos de los contenidos del libro, especialmente de sus sugerencias para afrontar cristianamente la indiferencia religiosa y de cómo debería ser un cristianismo para el futuro.

    - ¿Qué pretende usted mostrar con este libro?

    - En primer lugar trato de describir la situación religiosa en España. Las encuestas de campo nos proporcionan datos que dan que pensar: prácticamente desde el año 1980 estamos desciendo en la práctica religiosa al ritmo de 1%. La mitad de los que se confiesan católicos (alrededor de un 81%) son no practicantes duros, es decir, de los que no pisan la iglesia ni una vez al año. Y hay otro dato preocupante: tenemos ya un 18% que se dicen lisa y llanamente «no religiosos», no pertenecientes a ninguna religión.

    En un segundo momento, trato de explicar este fenómeno que cuestiona muy seriamente a nuestro cristianismo, y atisbar algunas pistas para el futuro

    - ¿Cuál es su diagnóstico sobre la situación de la indiferencia religiosa en España?

    - Casi he respondido ya. Es muy preocupante ese 18% de no religiosos y más de la mitad de los católicos que no practican y que, incluso, cuando se pregunta sobre su vivencia religiosa, también más de la mitad se reconocen no religiosos. En las grandes ciudades como Madrid y Barcelona, prácticamente el número de los que se dicen no religiosos se eleva hasta el 30%, es decir casi uno de cada tres de la gente que anda por la calle en Madrid o Barcelona vive sin importarle nada lo religioso. Estos datos nos inquietan y nos dicen que estamos ante un desmoronamiento del catolicismo vigente hasta ahora o catolicismo de cristiandad.

    - Usted afirma que todo acontecimiento puede ser un momento propicio para una recreación positiva, que las situaciones humanas más difíciles pueden purificar y ayudar al cristianismo a descubrir sus potencialidades, ¿en qué sentido puede darse esto hoy?

    - El Espíritu Santo no nos ha abandonado en esta época tardo-moderna o como se le llame. Actúa en el fondo del dinamismo de lo humano. De ahí que diga que en todo momento de la historia y en toda circunstancia hay un clamor del Espíritu. Ante esta situación de indiferencia, fruto de una serie de circunstancias externas a la iglesia e internas, el Espíritu nos interpela. Nos emplaza a ser críticos con el tipo de sociedad y cultura que tenemos y autocríticos con la pastoral que hacemos, el modo como presentamos a Dios, vivimos la fe, etc. En este sentido es un momento de purificación y de decisión, un momento de llamada a la conversión y de gracia, para aquellos que tengan ojos y oídos.

    - Nos gustaría comentar dos rasgos que usted destaca, entre otros, como propios de la cultura hoy dominante en nuestra sociedad; uno es lo que denomina el consumismo de sensaciones, ¿en qué consiste? ¿qué consecuencias tiene para la fe cristiana y para un planteamiento humanista de las cosas?

    - Dicho con un poco de rotundidad e ironía habría que afirmar que el consumismo es la «religión» mayoritaria actual de nuestras sociedades bienestantes. El centro comercial ha pasado a ser el lugar de «culto» de las celebraciones del fin de semana y de otros momentos con los rituales del «shopping», y del ejercicio de la elección o libertad del consumidor como gran derecho humano.

    Pero no sólo estamos en una sociedad de consumo de bienes materiales, sino de sensaciones, mediante los medios de comunicación de masas y el mercado. Se expande una cierta globalización cultural que uniforma el mundo de los jóvenes y no tan jóvenes respecto a modas, gustos, divos, filmes, canciones, etc. Es lo que se ha llamado la «macdonaldización de la cultura».

    Lo preocupante para el educador y el agente de pastoral es que esta «cultura de sensaciones» o mercado de sensaciones, es tan variada, rápida, ofrece tanta novedad que amenaza con sumergir al consumidor en una propuesta de novedades indefinida e inagotable. Estamos ante el peligro de quedar totalmente presos de una inmanencia idólatra. Nada pasa más allá del objeto o sensación consumida. Y a continuación te espera otra y otra. El «cielo» del «entertainment», del pasatiempo que roba la reflexión y te deja anegado en la banalidad.

    - Usted plantea que afrontar cristianamente esta situación implica interrumpir el consumismo de sensaciones y facilitar la reflexión, y habla en este sentido de la educación del deseo, ¿qué es lo que propone al respecto?

    - Algo verdaderamente difícil y un tanto traumático. Claro que ya parece haber cansancio ante el «elegir» entre la presunta cuasi infinita variedad de objetos. El cristianismo, la iglesia, el creyente, debe ser muy crítico con este tipo de sociedad que deshumaniza y trivializa. El creyente actual tiene que apostar por un tipo de vida más austera y solidaria, sin tanto consumo de sensaciones ni de objetos.

    Habría que volver a propuestas «monásticas» de educación en la contemplación, la degustación lenta de lo sencillo y permanente, del silencio, de la liberación del no tener tantas cosas. Alguna psicóloga escolar me dice que ahora el problema es que los chicos y chicas tienen demasiadas cosas y no valoran casi nada. Están al límite del hartazgo y de la carencia de apetito. Por salud psíquica hay que educar el deseo. Como propuesta de felicidad y realización personal debemos consumir menos, tener menos y, como decía E.Fromm, ocuparnos más de nuestro «ser». Los creyentes debiéramos ser testigos vivos de este estilo de vida. Estamos llamados a ser, al menos, contraculturales en el mundo de hoy.

    - El otro rasgo de nuestra cultura es una determinada manera de vivir el individualismo, ¿en qué consiste y qué consecuencias tiene?

    - El individualismo es una de las características de la modernidad. El individualismo actual, donde se pregona hasta la saciedad el ser uno mismo, alguien único y propio, choca inmediatamente con la red tupida de instituciones que nos señalan y marcan los senderos por donde tenemos que caminar. Es un individualismo institucionalizado. Esta es la paradoja de este individualismo que corre el riesgo de producir «clones sociales» en vez de biografías propias.

    - ¿Cómo afrontar cristianamente este individualismo?

    - Una fe cristiana vivida con seriedad apoyaría una libertad y dueñez muy personales y, al mismo tiempo, en relación y solidaridad con la situación de los otros. Toda una aportación religiosa a nuestro tiempo. La fe cristiana sería así una gran ayuda para las personas de hoy sometidas a los problemas de orientación, sentido e identidad.

    - Usted también subraya que es necesario alentar la esperanza como horizonte, ¿por qué es esto tan importante hoy?

    - Vivimos un tiempo de incertidumbre. No nos creemos ya las visiones ni revolucionarias ni neoliberal progresistas de la historia. Incluso hemos caído en la cuenta de que la sociedad que hemos construido es nuestra amenaza más grande. La misma ciencia se ha convertido en una amenazada con un ritmo de innovaciones sin tiempo de asimilación social; no digamos la industrialización, el militarismo, la burocracia, etc.

    Es momento de miedos y desesperanzas. Por eso la fe puede aportar, sin falsas pretensiones, una actitud de cautela pero de confianza en las posibilidades del ser humano y de cambio de la sociedad. En este sentido, el no ser crédulos respecto a utopía alguna, no esperar el cielo en la tierra, le convierte al creyente cristiano en un gran espíritu crítico y esperanzado al mismo tiempo. Un verdadero «revolucionario permanente», como se decía no hace mucho.

    - ¿Cómo sintetizaría las características de un cristianismo para el futuro?

    - Suelo repetir que tiene que ser un creyente con: 1) experiencia religiosa profunda, 2) solidaridad efectiva y con conciencia estructural, 3) que vive y comparte la fe en pequeñas comunidades, 4) con una fe formada y crítica y 5) que celebra gozosa y festivamente su vida y esperanza

    - ¿Qué potencialidades y qué limitaciones o dificultades existen en nuestra Iglesia para caminar en esa dirección?

    - Todo el peso de lo vivido y todo el miedo que produce la incertidumbre del presente. Estamos en un momento de tránsito, como decía, hacia un cristianismo no de cristiandad, más minoritario, personalizado y testimonial. Hay muchos que están viendo ya que la corriente misma de la historia y el Espíritu conduce hacia ahí. Lo bueno sería que conscientemente empujáramos hacia ese estilo de cristianismo. Pero hay envejecimiento y actitudes reactivas, de defensa y amurallamiento. Veo una Iglesia a la defensiva.

    Existen también grupos maduros y jóvenes con ganas de tener una experiencia profunda de Dios, con sentido contemplativo y solidario, con fe abierta y crítica, muy vueltos hacia Jesús y el Evangelio, estos son los llamados a impulsar una transición hacia un cristianismo minoritario pero representativo. Una gran tarea e interpelación que exige creyentes muy dispuestos. Ojalá lo veamos los más posibles y nos entreguemos a ella. Está en juego el futuro del cristianismo español.

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José María Mardones, autor de «La indiferencia religiosa en España»

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