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Estos son mi madre y mis hermanos

04 abril 2021 | Por

Estos son mi madre y mis hermanos

Emilia Valero, madre de Isa Mateos, presidenta diocesana de Jaén, fallecía el 28 de octubre. El 31 del mismo mes moría María Fidelina, madre de Pepelu Iglesias, consiliario diocesano de Bilbao. Pepe Sánchez, consiliario diocesano de Málaga, pasó a la casa del Padre el 17 de noviembre, y el 21 lo hacía Juan García, histórico militante de Valencia. Diciembre nos dejó la pérdida de Frasco, antiguo militante de Sevilla, fallecido el día 5; de Isabel, madre de Luis Rodríguez, militante de la diócesis de Getafe, fallecida el día 6; de Pilar González, antigua militante de la diócesis de Ávila, fallecida el día 24; de Gregorio Alonso, militante de Osma-Soria, el mismo día de Navidad, el 25; y de Meli, la mujer de Alfonso, militante de León, el día 29.

El año nuevo nos traía la noticia del fallecimiento a sus 104 años, el día 9 de enero, de Felisa, madre de Carlos López, consiliario de Burgos. El 15 de enero fallecía María Vega, hermana de Jesús Ramírez de la Piscina, consiliario de Vitoria.

El 20 de enero falleció Teresa Botella, militante de Sevilla, al igual que Antonia, la madre de José Luis Fernández Orta, militante de Málaga. Lo hacía también el 25 de este mes Amparo, madre de Toni Martínez Santamaría, militante de Sevilla. El 27 de enero, a los 89 años de edad, Enriqueta Fajula, militante de Barcelona-Sant Feliú, y el 5 de febrero, Juan Galiana, antiguo consiliario en Elche, diócesis de Orihuela-Alicante.

Marzo nos deja el fallecimiento el día 1, a los 86 años, de Amparo García Caro, hermana de Pepe «Mairena», consiliario de Sevilla. Y el día 11, a los 92 años, y –como dijo él– en gracia de Dios, Germán, padre de Kerman López, consiliario de Bilbao, volvía al caserío del Padre. Miguel Jover, militante de Alcoy. Implicado en el servicio al mundo obrero desde muy joven como jocista, en la parroquia y en el barrio de Batoy, siendo dirigente vecinal. Mili Peña, hermana de Aurelio Peña.

De bastantes de estos decesos nos hemos hecho eco con detalle, en su momento, en la página web, destacando de la persona sus valores, sus dones para con la HOAC y sus familias, para sus diócesis. Somos conscientes del regalo que han supuesto para la Iglesia y para el mundo obrero. Todas las sentimos como pérdidas propias, porque de todas ellas podíamos considerarnos familia. En ellas sentíamos hacerse realidad lo que nos dice Jesús: Mirad, estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mc 3, 34-35).

En esa experiencia de comunión fraterna hemos ido creciendo con los militantes y consiliarios fallecidos, y en ellos con sus familias, y con sus familiares que han pasado a la casa del Padre.

En esa experiencia de comunión que han sembrado con sus vidas, se han encontrado también los empobrecidos del mundo obrero, tantas personas que se han reencontrado con su propia dignidad al encontrarse con la ternura compañera de estas hermanas y hermanos.

A la casa del Padre, a ese hogar familiar, nos encaminamos quienes nos han precedido y quienes aún peregrinamos en este mundo. A la vivencia de esa experiencia de comunión y familia en plenitud encaminamos nuestros pasos cada día, en el encuentro, en la acogida amorosa, en el mutuo cuidado, en el reconocimiento de nuestros dones, en la reconciliación y el perdón, en la experiencia de la ternura, de la libertad y la responsabilidad, en la pasión por la justicia y la vivencia de la misericordia. A esa comunión caminamos orientados por la experiencia del encuentro con el Resucitado en los empobrecidos del mundo obrero con quienes queremos vivir también la comunión de la fraternidad, de la amistad social. A esa comunión nos anima el testimonio de nuestras hermanas y hermanos fallecidos.

En setenta y cinco años de vida, muchas y muchos militantes y amigos, simpatizantes y familiares, han ido haciendo ese mismo camino antes que nosotros. Hemos empezado a caminar con ellos y hemos aprendido a caminar sin ellos, sostenidos por el amor y la fe en la distancia, en la esperanza de la Resurrección plena. Nada llena el vacío que su muerte nos deja, pero con Dios aprendemos a vivirlos de otro modo. Recientemente leía a Bonhoeffer, que dice: «No hay nada que pueda sustituir la ausencia de una persona querida, ni siquiera hemos de intentarlo; hemos de soportar sencillamente la separación y resistir. Al principio eso parece muy duro, pero, al mismo tiempo, es un gran consuelo. Porque al quedar el vacío sin llenar nos sirve de punto de encuentro. Es equivocado decir que Dios llena ese vacío; Dios no lo llena en modo alguno, sino que precisamente lo mantiene vacío, con lo cual nos ayuda a conservar –aunque sea con dolor– nuestra auténtica comunión. Por otra parte, cuanto más hermosos y ricos son los recuerdos, más dura resulta la separación. Pero la gratitud transforma el suplicio del recuerdo en una callada alegría. Uno no lleva en sí la belleza pasada como si fuera un aguijón, sino como un valioso regalo… Entonces emanan del pasado una alegría y una fuerza duraderas».

Hermosos recuerdos, gratitud por sus vidas entregadas, callada alegría, belleza, un valioso regalo… Una vida compartida y sembrada de la que emanan como fruto la alegría de la comunión y la fuerza duradera de haber compartido la vida con estas hermanas y hermanos, en el mutuo empeño de escuchar la Palabra de Dios y hacer su voluntad. Somos afortunados. Nos hemos rodeado de buenos testigos de la fraternidad y del amor de Dios.

Nuestra meta pascual es esa: la fraternidad, la vida plena. En la cercana celebración de la Pascua, vivamos de nuevo la gratitud de contar con estas hermanas y hermanos, y pidamos que nos sigan acompañando en el empeño de seguir escuchando la Palabra, acogiéndola, y haciéndola nuestra voluntad, mientras transitamos caminos de fraternidad con los preferidos de Dios, hasta que podamos volver a encontrarnos en la festiva mesa común de la alegría fraterna del Reino.

Hermanos y hermanas fallecidos en el campo de honor del trabajo y de la lucha, descansad en paz, rogad por nosotros.

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