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Antonio Algora, obispo de Ciudad Real «En estos 20 años de Pastoral Obrera, la Iglesia ha tratado otros temas distintos a los que solía abordar»

23 noviembre 2015 | Por

Antonio Algora, obispo de Ciudad Real «En estos 20 años de Pastoral Obrera, la Iglesia ha tratado otros temas distintos a los que solía abordar»

José Luis Palacios | Don Antonio Algora acumula tres décadas como obispo y más de dos como responsable de Pastoral Obrera de la Conferencia Episcopal. Ha cumplido la edad preceptiva para presentar su renuncia obligatoria al cargo de Pastor de la diócesis de Ciudad Real y espera la respuesta del Vaticano. Le hemos pedido que haga balance y mire al futuro.

–La Conferencia Episcopal, finalmente, con la publicación del documento «Iglesia, servidora de los pobres», mostró su posición ante la crisis económica y ante el momento social que atraviesa el país. ¿Qué significado tiene para los cristianos esa toma de postura?

–La Iglesia no puede por menos que ser plenamente humana. No puede renunciar a su estatus de estructura social. Cristo vino por entero a la humanidad y asumió todas sus potencialidades y sus cualidades. La estructura es como la bota. Puede ser muy cómoda o no. La Iglesia tiene que arriesgar y estar dispuesta a que le duela el zapato… Los aspectos estructurales tienen que ir optimizándose de acuerdo con las demandas de la sociedad. No se trata de la modernización de la Iglesia al son que toquen otros, pero sí acompañar a la humanidad que va desarrollando sus capacidades. Ahí no podemos prescindir de esas estructuras que la sociedad se da a sí misma. Qué sería de la Iglesia sin medios de comunicación, sin publicaciones, sin posibilidad de ser en plan de igualdad con las que tiene el resto de la humanidad y que Dios nos ha dado a todos.

En ese sentido, la Iglesia de los pobres, la que tiene como primera consideración a los pobres, tiene que mirar cómo se adecúan las estructuras a esa realidad y caer en la cuenta de que Cristo siendo rico se hizo pobre. La comunidad cristiana y el militante se hace pobre. El Vaticano II tiene una expresión muy bonita sobre la casa de los curas. Dice que tiene que ser una casa en la que el pobre no se sienta extraño. En la comunidad cristiana y en el contacto con los militantes, los pobres se tienen que sentir a gusto. Esto indicaría que estamos acertando en nuestra manera de ser y llevar el Evangelio.

–¿Le sorprende la escasa repercusión del documento en la opinión pública?

–El que se mueve no sale en la foto. Es un dogma de nuestros tiempos. A la Iglesia se la saca a la luz en todo lo que sea polémico, pero cuando la Iglesia apuesta por estar en medio de los hombres, y su sola presencia es denuncia de lo que está pasando, se acalla su voz. Nos pasa a los obispos continuamente. Escribes cosas que crees de gran importancia y nadie se hace eco. Un día hablas de otra cosa que ni has pensado, pero que coincide con un asunto que está de actualidad y entonces sí…

–Tras la conmemoración de los 20 años de «La Pastoral Obrera de Toda la Iglesia», ¿cuál es la salud de esta área episcopal?, ¿cuáles son los retos de futuro?

–La Pastoral Obrera se ha consolidado de alguna manera dentro de la Iglesia en España, gracias a las experiencias de los militantes, que han contagiado necesariamente en sus ámbitos eclesiales esa preocupación y que han hecho posible un lenguaje y una fijación especiales. En estos 20 años, los obispos y las comunidades eclesiales hemos hablado de otras cosas diferentes a lo que veníamos hablando. Hemos hecho de semilla y levadura, unas veces con más fortuna y otras con menos. Los dinamismos que hemos emprendido están ahí, como el hecho de que el departamento tenga un consejo asesor formado por los presidentes de los movimientos apostólicos obreros, los delegados de la pastoral obrera de las zonas de España. Eso es un patrimonio de experiencia. Además hemos elegido un dinamismo y una metodología propia de la Acción Católica, para ver entre todos hacia dónde nos lleva el Espíritu. Son caminos que podemos seguir, para hacer lo que dice la POTI sobre acercar a la Iglesia el sentimiento, los sufrimientos y esperanzas, dolores y gozos del mundo obrero a la Iglesia y llevar la Iglesia al mundo obrero. Esa es la línea que seguiremos, a no ser que tengamos nuevas oportunidades. Yo estoy muy agradecido a la Conferencia Episcopal por la sensibilidad que vienen mostrando, muy especialmente en los últimos tiempos. Es algo que nos llena de responsabilidad.

–¿Se ha notado una evolución en la sensibilidad de la Iglesia española hacia los problemas del trabajo?

–La vida de la Iglesia en España, con 69 diócesis autónomas y libres, es muy diversa. En nuestros territorios se producen tensiones sociales y eclesiales. Los obispos vamos y venimos. Estamos diez, doce años, en cada una. Es difícil analizar cómo evolucionan las cosas. Creo que estamos acertando y notamos progresos en ser lo que somos y ofrecerlo con mucha sencillez y paciencia. Solamente el que tiene experiencia de haber sido fastidiado en el trabajo, quien ha visto su futuro en el aire y ha rezado y se ha reunido con otros para poder mantener la esperanza, el que a pesar de todo apuesta por la Doctrina Social de la Iglesia y cuenta con sus referentes de dignidad, de lucha por el bien común, de defensa del trabajo humano como principio de vida, va haciendo surco… No hay nada que Dios deje sin fructificar. ¿Nos gustaría que nos hiciera más caso todo el mundo y que todo fuera más rápido? Pues sí, pero, ¿cómo arrancamos a la gente de la vida que llevan?

–Francisco parece más partidario de contagiar «la alegría del Evangelio» que de proponer grandes teorías…

–Estamos bajo el influjo del par de bofetadas que nos ha dado el Espíritu Santo a través del Papa. En el primer párrafo de su carta encíclica nos dice que vivir la presencia de Jesucristo es la base de nuestra alegría. Todavía estamos bajo ese impacto. Si profundizamos en ello, se nos irán muchas amarguras ocultas, muchos rencores justificados por las veces que no nos han hecho caso en el mundo intraeclesial y nos machacan fuera… No somos del mundo, el mundo nos odia. No es que todo lo del mundo sea malo, pero hay que ser conscientes de las resistencias al cambio, hacia la plenitud que Dios nos tiene preparados en sus proyectos.

–Hay quien habla de la necesidad de promover una segunda transición. ¿Qué opina?

–Yo viví la transición con un posicionamiento claro. Estaba en las Hermandades del Trabajo. Éramos 65.000 afiliados y estábamos vigilados por la policía porque éramos muchos y podíamos ser peligrosos. Era asfixiante. Al llegar la Transición dijimos: «ahora verás». Pero a la vez salió el seiscientos y la gente, al llegar el fin de semana, se iba por aquí y por allá. El militante se individualizó y el sistema individualizó la sociedad. Hoy no podemos tener una convivencia en una parroquia de catequistas en fin de semana. O se hace de lunes a viernes o no va nadie porque todos se van el fin de semana.

Hay una clave que hemos encontrado sin pretenderlo. Cáritas ha brillado por sí misma. En las diócesis, no solo Cáritas, sino la Iglesia en general ha sido sensible a lo que estaba pasando y ha echado una mano para desatascar el carro. Nosotros estamos marcados en nuestra historia por una transición de la dictadura a la democracia. Podemos caer en el espejismo de querer ir de una democracia débil, con poca historia, con cuatro arribistas que se han profesionalizado y han metido la mano en los impuestos, a una democracia pura y limpia. Pero esto no da más de sí. EE.UU., Inglaterra, Francia y Alemania son democracias antiguas y el que más y el que menos se tiene que tapar las vergüenzas. Si mi gestión tiene que dar el máximo beneficio, tanto en la economía como en la política, al final, ocurre que el que se cree más listo que los demás, porque sabe hacer las cosas y conoce las trampas, se cree el dueño de todo.

Dicho esto, los partidos tendrán que reformarse y establecer mecanismos para que logrado el poder este no sea un poder dictatorial… Sí, tenemos un talón de Aquiles en la democracia. Las mayorías absolutas pueden devenir en poderes dictatoriales. La democracia permanentemente se tiene que perfeccionar. Pero no veo necesaria una segunda transición, como tal. Nuestro sistema es el menos malo de los que nos podíamos dar y hay que hacer retoques en la constitución, en la ley electoral…, unos votos de un territorio no deberían condicionar la vida del resto. No quiero meterme a politólogo, pero creo que hay reformas puntuales que hay que hacer. Este juego de callar cuando uno llega al poder para llegar a acuerdos con otros y denunciar que no hay derecho cuando ya no se gobierna y quejarse del papel de las minorías tiene que acabar.

–A pesar de todo, ¿qué puede aportar la Iglesia a la necesaria regeneración democrática?

–Podemos hacer poco. Cuando me hicieron obispo, a través de un amigo común, una periodista me pidió una entrevista. Una de las cosas que quería saber era lo que ganaba un obispo. Yo le decía que no tenía inconveniente en decírselo pero que no se lo iba a creer. Al final le dije que no ganaba mucho. La Iglesia me mantiene con lo justico para seguir funcionando. No se lo creyó. Debemos insistir en nuestra sencillez de vida, que sea llamativo que cuando al obispo le llaman para una reunión de esas en la que tiene que estar porque no podemos apartarnos del conjunto de la vida social llegue en un coche modesto y no en un blindado. Es una tontada, pero es significativo, como lo es la manera de vestir o cómo debemos tener la casa preparada para los pobres. Ese es el papel de la Iglesia y de los cristianos. Como Iglesia debemos evitar el efecto Penélope, que lo que tejemos con mucho esfuerzo y mucho cariño y mucha entrega, en los movimientos, parroquias, congregaciones, comunidades… no lo destejamos después en otras manifestaciones sociales, en los pactos con los poderes y por seguir el aire a este mundo, que necesita una transformación.

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