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Los sindicatos y «los ojos distraídos de la sociedad»

30 abril 2012 | Por

Los sindicatos y «los ojos distraídos de la sociedad»

La celebración del 1º de Mayo es una buena ocasión para que los trabajadores y trabajadoras, el conjunto de la sociedad y también las comunidades cristianas, reflexionemos sobre la que ha sido y es la organización por excelencia de los trabajadores: los sindicatos. Esta reflexión es importante por tres razones. Primera, porque hace tiempo que los sindicatos son víctimas de un ataque indecente por parte de quienes quisieran verlos desaparecer, pues saben que son un obstáculo para la pretensión de las políticas neoliberales de acabar con los derechos de las personas en el trabajo. Segunda, porque no pocos trabajadores repiten de forma ingenua algunos de los «argumentos» que difunden quienes quisieran acabar con los sindicatos, y porque otros muchos trabajadores sienten, con razón, que los sindicatos no los representan como debieran. Tercera, porque los trabajadores y trabajadoras necesitamos los sindicatos; sobre todo los necesitan los más vulnerables y empobrecidos para defender sus derechos, y para ello el movimiento sindical necesita renovarse y fortalecerse superando importantes defectos que hoy tiene.

La doctrina social de la Iglesia siempre ha dado gran importancia a la existencia y la actuación de los sindicatos de trabajadores: «La defensa de los interese existenciales de los trabajadores (…) constituye el cometido de los sindicatos. La experiencia histórica enseña que (…) son un elemento indispensable de la vida social (…) Son un exponente de la lucha por la justicia social, por los justos derechos de los hombres del trabajo (…) un factor constructivo de orden social y de solidaridad, del que no es posible prescindir (…) Se debe siempre desear que, gracias a la obra de los sindicatos, el trabajador pueda no sólo “tener” más, sino ante todo “ser” más: es decir, pueda realizar más plenamente su humanidad en todos sus aspectos» (Juan Pablo II, «Laborem exercens», 20). «Las organizaciones sindicales tienen el deber de influir en el poder público, en orden a sensibilizarlo debidamente sobre los problemas laborales y a comprometerlo a favorecer la realización de los derechos de los trabajadores» (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 307).

El Papa Benedicto XVI ha subrayado también que, para hacer frente al muy negativo retroceso que se está produciendo en el reconocimiento de los derechos laborales y sociales, los sindicatos son más necesarios que nunca («Caritas in veritate», 25), y que para responder a la actual situación necesitan renovarse y fortalecerse en un doble sentido: prestando más atención a las formas de vida que permiten crecer en solidaridad y, sobre todo, centrando más su acción en la situación de los trabajadores y trabajadoras no representados y más explotados, «cuya amarga condición pasa desapercibida tantas veces ante los ojos distraídos de la sociedad» («Caritas in veritate», 64).

En centrar la mirada de esos «ojos distraídos de la sociedad» está la clave de la renovación y el fortalecimiento del movimiento sindical. Mucha veces tenemos «los ojos distraídos» y no nos damos cuenta de que el estilo de vida consumista e individualista que domina nuestra sociedad nos aleja de la solidaridad, la justicia y la vida digna de las personas. Los sindicatos necesitan dar mucha más importancia en sus objetivos y en su labor cotidiana a la construcción de estilos de vida, personales y sociales, más solidarios, justos y humanos que hagan posible, desde el compartir y la responsabilidad común, una vida digna para todos. Y dar más importancia a las necesidades de las personas y familias más vulnerables y empobrecidas del mundo obrero y del trabajo, buscando nuevas formas que hagan posible la organización de los trabajadores precarios y desempleados. Muchas veces tenemos «los ojos distraídos» de lo que es más importante: la situación de los empobrecidos.

Que los sindicatos avancen en este sentido, renovándose y fortaleciéndose para el bien de los trabajadores y de la vida social, no es algo que se producirá por arte de magia. Esa renovación necesita de personas que quieran trabajar en y con los sindicatos en esa dirección. Los trabajadores y trabajadoras no podemos situarnos ante los sindicatos como «desde fuera», necesitamos que sean «nuestros sindicatos» y que nos sintamos responsables de ellos. Colaborar en esa tarea es responsabilidad de todos. Una responsabilidad en la que los trabajadores cristianos deberíamos sentirnos especialmente concernidos.

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