“...la realización de los
derechos del hombre del trabajo no puede estar condenada a constituir
solamente un derivado de los sistemas económicos, los cuales,
a escala más amplia o más restringida, se dejen guiar
sobre todo por el criterio del máximo beneficio. Al contrario,
es precisamente la consideración de los derechos objetivos
del hombre del trabajo... lo que debe constituir el criterio adecuado
y fundamental para la formación de toda la economía,
bien sea en la dimensión de toda la sociedad y de todo el
Estado, bien sea en el conjunto de la política económica
mundial, así como de los sistemas y relaciones internacionales
que de ella derivan.” (Juan Pablo II: “Laborem Exercens”,
nº 17)
La Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) ante la realidad
del empleo precario y teniendo en cuenta su misión de proclamar
la Buena Nueva de la liberación al mundo obrero, propone superar
la precariedad y luchar por un empleo digno, como camino para avanzar
en esa liberación.
La realidad del empleo precario se ha convertido en una especie de ancha
frontera, en la que se encuentran millones de trabajadores y trabajadoras,
atrapados entre una zona de integración, en la que se puede disfrutar
de muchos de los logros que la lucha obrera ha podido arrancar al capital
(estabilidad en el empleo, condiciones laborales “humanizadas”,
etc.) y una zona abierta a la pobreza, a la marginación y a la
exclusión social; territorio que una vez traspasado resulta muy
difícil de abandonar.
TOMA DE CONTACTO CON LA REALIDAD
El empleo precario es esa situación que se ha impuesto en nuestra
sociedad y que impide que las personas puedan acceder a un empleo fijo,
con un mínimo de protección y derechos, que les permita
construir una existencia personal, familiar y social digna.
Esta realidad lleva a olvidar, con frecuencia, que el trabajo con derechos
es fruto de la historia obrera. Una historia de lucha contra la exclusión
social, por el reconocimiento de la dignidad y los derechos de la persona
trabajadora. Olvidarlo puede llevar a muchos a pensar que las condiciones
de vida y de trabajo son “naturales”, y que no se sitúan
en el centro de la cuestión y el conflicto social.
Podemos acercarnos a la realidad de la precariedad pensando
en:
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Miles de trabajadores (sobre todo jóvenes
y mujeres) sólo encuentran empleo para tareas de corta duración
y de fácil despido.
Si consideramos los trabajadores en las diversas formas de economía
sumergida podríamos sumar otros miles de trabajadores y trabajadoras
a esa ancha frontera de la precariedad.
Ello nos da idea de la magnitud del problema, sobre todo si pensamos
que a través de muchos de esos trabajadores entra la única
fuente de ingreso de la familia.
LA PRECARIEDAD NO ES UNA REALIDAD NATURAL, ES UNA CONSTRUCCIÓN
SOCIAL
A partir de los años ochenta, la presión del desempleo
masivo y diversas medidas tendentes a facilitar el despido y a legalizar
formas de contratación temporal pusieron en marcha un enorme proceso
de precarización, convirtiendo el empleo precario en un criterio
generalizado para la gestión de personal en las empresas.
Este criterio tiene como consecuencias más inmediatas la reducción
de los trabajadores a meros objetos productivos y una redistribución
negativa de la renta, ya que con ello los beneficios empresariales crecen
espectacularmente, mientras que los salarios y la mayoría de los
derechos laborales conquistados pierden posiciones.
Este proceso de precarización significa un aumento de la vulnerabilidad,
entendida como una amenaza sobre la mayoría de las personas asalariadas.
Por otra parte, provoca un proceso de dualización del mercado
de la fuerza de trabajo, apareciendo un mercado primario con trabajadores
cualificados, “protegidos” y estables, frente a un mercado
secundario, con bajas cualificaciones, pocos derechos e inestabilidad.
Especialmente grave resulta el hecho de que para muchos trabajadores
vivir la precariedad se convierte en una condición social, en
una seña de identidad que se acepta con un conformismo resignado.
Esta “seña de identidad” afecta a muchas familias
generando situaciones de gran pobreza y sufrimiento, reduciendo la autoestima
de muchos trabajadores y trabajadoras, hasta el punto de hacerlos sentirse
fracasados, pero que, sin embargo, no genera respuestas reivindicativas.
Además vivir del empleo precario hace que muchos trabajadores
perciban la defensa de sus derechos y la afiliación sindical como
un riesgo, lo que debilita el trabajo sindical, al tiempo que supone
una presión sobre las condiciones laborales de los trabajadores
fijos, empujándolas a la baja. Esta situación tiende también
a reforzar el individualismo (búsqueda de salidas individuales)
así como a difuminar las formas colectivas de negociación.
Así pues, el empleo precario es una realidad social construida,
pues se ha optado por reducir el paro precarizando las condiciones de
trabajo del conjunto de los asalariados, a través de una doble
vía:
reduciendo los derechos conquistados a lo largo de años
de luchas y reivindicaciones
frenando, directa o indirectamente, la capacidad de lucha de
los trabajadores y sus organizaciones.
Entre los pasos que han llevado a generalizar el empleo precario destaca
la legalización de diversas formas de contratos temporales y
precarios, de las Empresas de Trabajo Temporal, el abaratamiento y
las facilidades para el despido: todo, fruto de decisiones políticas.
Reformas que hemos de ver unidas al triunfo ideológico de la “flexibilidad“,
concepto convertido en coartada para reproducir el empleo precario
a escala ampliada.
EL EMPLEO PRECARIO, UNA REALIDAD DURA DE TRANSFORMAR
El empleo precario no es sólo resultado de las decisiones aisladas
en cada país, sino que se inscribe en la lógica del capitalismo,
hoy representada por la globalización, y que está suponiendo
un gran desequilibrio en la distribución de la riqueza, en los
principales indicadores sociales, económicos y culturales. Es
decir, se está profundizando en un proceso que pone la economía
al servicio de unos pocos.
Como principales factores destacan:
el tipo de desarrollo económico, que ha producido una
fuerte desindustrialización junto a un crecimiento de
los servicios, pero “servicios de baja productividad” (poco
vinculados a la agricultura y a la industria) en los que se ha
generado “empleo de baja cualificación”, contribuyendo
a la dualización del mercado de trabajo;
el cambio tecnológico, factor explicativo del continuo
proceso de descualificación y recualificación de
los distintos puestos de trabajo, que pesa como una losa sobre
los trabajadores, especialmente porque muchos de ellos son amenazados
de exclusión: los obreros no especializados, obreros y
jóvenes sin oficio, con escasa o nula formación,
etc.
LA PRECARIEDAD, A PESAR DE TODO, PUEDE SER VENCIDA
Resulta evidente la complejidad de los fenómenos sociales, complejidad
que dificulta cualquier intento de transformación, aunque no lo
hace imposible.
Necesitamos tener conciencia de que la realidad es una construcción
social que puede ser transformada; con frecuencia descubrimos “signos”,
intentos por transformar el presente hacia una realidad más humana.
Lo mismo ocurre con el desempleo y la precariedad. Nada impide que la
precariedad pueda ser cambiada. La transformación del empleo precario
depende de nuestra voluntad, de que no lo aceptemos como algo natural.
Como grandes líneas de ese empeño transformador que busca
un trabajo y una vida digna, señalamos la necesidad de repensar
una economía que hoy está al servicio de unos pocos, que
produce exclusión y pobreza. También hemos de repensar
el trabajo que, en su forma actual, ha logrado convertir a la persona
en un objeto alienado, para avanzar en encontrar nuevas fórmulas
que permitan ponerlo verdaderamente al servicio de la persona.
Somos conscientes de que estos cambios sólo serán posibles
y generalizables al conjunto de la humanidad, en la medida que seamos
capaces de lograr que la persona, y especialmente los más débiles,
se conviertan en el centro de la política, de la economía,
de la producción y de la vida de las empresas.
Hoy existen intentos que buscan avanzar en esa dirección y que
todos habremos de contemplar y discernir. En particular, la reducción
del tiempo de trabajo, que busca “trabajar menos para trabajar
todos”; establecer la renta básica como elemento que posibilita
el acceso a la ciudadanía efectiva, ya que los procesos tecnológicos
y producctivos impiden que todas las personas accedan a ella a través
del empleo; y desarrollar la democracia económica, reconociendo
la importancia del trabajo asalariado en el proceso de cambio social,
y asumiendo ese protagonismo desde dentro del proceso de trabajo, haciéndolo
más humano.
LLAMADOS A SUPERAR LA PRECARIEDAD
“...el hombre es considerado como un instrumento de producción,
mientras él –él solo, independientemente del trabajo que
realiza- debería ser tratado como sujeto eficiente y su verdadero artífice
y creador.” (Juan Pablo II: LE, 7)
“...la solidaridad de los hombres del trabajo, junto con una toma de conciencia
más neta y más comprometida sobre los derechos de los trabajadores
por parte de los demás, ha dado lugar en muchos casos a cambios profundos.” (Juan
Pablo II: LE, 8)
La HOAC y sus militantes invitamos a todos a combatir las formas
de empleo precario y toda situación de explotación
o injusticia en torno al trabajo.
En la raíz de esta invitación encontramos al Dios Padre,
que manifiesta su sensibilidad ante las injusticias del trabajo y toma
una opción a favor de la vida, que se concreta en una promesa
de liberación en la persona de Jesucristo.
Desde esta clave trabajar para superar la precariedad supone:
Conocer la realidad del mundo obrero, los sacrificios y dolores de los
trabajadores y trabajadoras que sufren las consecuencias de la precariedad.
Trabajar con las personas, especialmente con las afectadas por las consecuencias
de la precarización del empleo, fomentando la creación
de conciencia sobre su situación y favoreciendo la solidaridad.
Fomentar un cambio cultural en la realidad del trabajo, donde domina
el economicismo en las relaciones laborales y sociales, donde las cosas
están por encima de las personas, lo que acarrea consecuencias
muy graves para el reconocimiento efectivo de la dignidad de cada persona.
Promover la denuncia de las irregularidades laborales que se cometen
impunemente, de las situaciones de injusticia o explotación, reconociendo
la necesidad de justicia.
Alentar la lucha contra la precarización del empleo, impulsando
y reclamando un quehacer político y sindical por un empleo digno
y con derechos.
Promover en las comunidades eclesiales la conciencia de que la precariedad
laboral no es algo natural y que es posible su transformación
en la medida que seamos capaces de lograr que la persona, y esepcialmente
los más débiles, se conviertan en el centro de la política,
de la economía, de la producción y de la vida de las empresas.
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