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La vuelta al trabajo

08 septiembre 2017 | Por

La vuelta al trabajo

José García Caro | No sé si eres uno de esos parados o paradas que no volverás al trabajo porque no lo tienes o sencillamente porque no has tenido vacaciones. Tampoco sé si eres uno de esos trabajadores o trabajadoras que, conforme se acerca el final de sus vacaciones, comienzan a sentir ansiedad e irritabilidad, inquietud e inseguridad, ¡miedo a volver a su puesto de trabajo! Esta experiencia, con mayor o menor intensidad, la sufren cerca del cincuenta por ciento de los trabajadores, ¡y eso que tienen un puesto de trabajo al que volver!

Septiembre, trae la temida vuelta al trabajo y con ella el síndrome pos-vacacional. Por mucho que psicólogos, consejeros y coach personales se esfuercen en dulcificar la asunción de lo que llaman “la rutina”, cada vez da más miedo volver al trabajo después de las vacaciones, porque se sabe lo que nos espera.

No creo que los liturgistas hayan pensado en estas situaciones a la hora de señalar los textos evangélicos de los domingos de septiembre, pero la verdad es que son muy adecuados para hacerle frente con sentido liberador y humanizador. No se trata de recurrir al Evangelio para, a “las trágalas”, soportar lo que se rechaza, sino para afrontar esta situación y hacerla a la medida de la persona que trabaja. ¿No sería preferible gastar las energías en luchar por cambiar las condiciones de trabajo que gastarlas en ajustarnos a las inhumanas condiciones de trabajo que se imponen? Todo indica que por aquí va el Evangelio que leemos en el mes de septiembre.

Jesús nos invita a “no estropear la vida”, sino a “realizarla plenamente” (Mt 16, 21-27). Ello significa que en cualquier situación hemos de elegir entre lo que nos hace más libres y solidarios, y lo que nos somete a condiciones inhumanas. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos en su búsqueda. Parangonando las palabras de Jesús, podemos decir: “por garantizarte un salario, puedes perder tu dignidad, pero si luchas por la dignidad de todos y todas, disfrutarás de esa dignidad”.

La respuesta al trabajo indigno, no va a venir de analgésicos y de evasiones ni de individualismos, sino de dejarnos inquietar por el sufrimiento de los otros y despertar nuestra responsabilidad. Y claro está, de sacudirnos el miedo para luchar con los demás. Por eso, Jesús nos invita a “ponernos de acuerdo en lo que hemos de pedir y por lo que hemos de luchar” (Mt 18, 15-20), siempre pensando en lo común.

Por otra parte, requiere un cambio cualitativo de las relaciones entre las personas, una convivencia asentada en el “perdón de corazón” como dinámica social (Mt 18, 21-35). Perdonar no significa ignorar las injusticias. Al contrario, si uno perdona es para destruir la espiral de los abusos e injusticias, para que no exista ninguna justificación al trato discriminatorio y vejatorio de ninguna persona.

Finalmente, Jesús, nos propone este mes la parábola del “patrono que quería trabajo y vida para todos” (Mt 20, 1-16). Un señor que contrata a sus vendimiadores a cualquier hora del día, sin importarle lo cosechado, sino que aquellas familias tuvieran lo necesario para vivir. Jesús no pretende dar lecciones de economía, sino poner de relieve como es Dios con nosotros. ¿No podríamos parecernos un poco más a Él?

Si nos movemos por aquí, el día de vuelta al trabajo, sonará el despertador y daremos gracias a Dios por disponer de tiempo para humanizar el trabajo.

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