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José Fernando Almazán, presidente de la HOAC: «El dinero y el beneficio individual no deben estar por encima del derecho a la vida digna»

19 diciembre 2014 | Por

José Fernando Almazán, presidente de la HOAC: «El dinero y el beneficio individual no deben estar por encima del derecho a la vida digna»

La HOAC camina hacia la celebración de su XIII Asamblea General, que se celebrará en agosto en Segovia. La reflexión y el diálogo han comenzado ya en los equipos y en las diócesis. José Fernando Almazán Zahonero, laico de la diócesis de Madrid y presidente de este movimiento de Acción Católica conversa sobre los temas a debatir.

 –La próxima asamblea general está convocada con el lema «Construyendo Iglesia en las periferias del mundo obrero. Justicia, trabajo digno y solidaridad», ¿puede explicar por qué?

–Por un lado, el lema identifica y define claramente cuál es nuestro lugar de acción, nuestro campo de evangelización y nuestra permanente voluntad de acercamiento a las personas del mundo obrero y del trabajo, a las que queremos presentar el evangelio de Jesús como propuesta y alternativa de vida. La segunda parte hace referencia a elementos que es imprescindible reivindicar y garantizar hoy, pues en ellos reside buena parte del reconocimiento práctico de la dignidad de las personas en nuestra sociedad. Elementos imprescindibles pero a la vez alejados del centro de los objetivos del sistema económico y social en el que vivimos.

 –¿Con qué recursos, ánimos y apoyos llegará la HOAC a esta cita?

–Cada asamblea general supone una valoración del camino recorrido y una revisión de si lo que nos proponíamos ha servido para ser seguidores más fieles de Jesús y mejores testigos suyos en nuestra vida diaria, en nuestros ambientes, en las instituciones, en la sociedad. Estamos empezando ese proceso de revisión y comenzando a vislumbrar qué nuevos impulsos y compromisos hemos de tomar para seguir en la tarea de presentar y hacer vida concreta, visible y atractiva, que la persona es y debe ser el centro de todo y que nuestra vida y la sociedad han de construirse desde esa premisa básica. Llegamos a la cita con el trabajo hecho, con la vida entregada de muchos miembros de la HOAC y la de muchas personas que nos aprecian y nos quieren, con la ilusión de renovar nuestra esperanza y de saber transmitir la alegría del Evangelio a la gente de nuestro alrededor.

 –¿Qué puede aportar la HOAC y sus militantes a esas periferias de las que habla el papa Francisco?

–Hemos de pedir a Dios que nos dé fuerzas y entendimiento para ofrecer alternativas, desde la comunión de vida, de bienes y de acción. Alternativas que pasen por el descubrimiento de que otras formas de vivir son posibles ya hoy, que es necesario ir cambiando la mentalidad para, a su vez, ir cambiando el estado de cosas que pone siempre el dinero y el beneficio individual por encima del derecho a la vida digna de todas y todos: del derecho al trabajo, del derecho a la vivienda, del derecho a la salud y a la educación, del derecho a poder tener una familia y sacarla adelante dignamente.

Esto pasa por el esfuerzo y la implicación de todas y todos. Y nosotros desde la HOAC estamos llamados a vivir nuestra fe con las gentes del mundo obrero y del trabajo, compartiendo alegrías y dificultades, transmitiendo en la vida diaria que lo mejor que tenemos es esa fe en Cristo, que quiso hacerse hombre y pobre, y que nos hace levantarnos cada día con la esperanza de un futuro mejor y con la voluntad de construirlo.

 –¿Con qué expectativas personales afronta el trabajo preparatorio?

–Mis expectativas y anhelos personales en cuanto al proceso y el resultado están en línea con las del resto de los y las militantes: avanzar personal y comunitariamente en ser instrumentos cada vez más útiles para la evangelización de las personas del mundo obrero y del trabajo. Para ello será necesario revisar lo qué somos y cómo somos, interpretar los signos de los tiempos a la luz del Evangelio y renovar el compromiso de fidelidad a Cristo y al mundo obrero en la grave situación de pobreza, desigualdad y precariedad en que nos encontramos hoy.

 –Cuesta ofrecer y plantear prácticas alternativas acordes con la dignidad de los hijos e hijas de Dios, ¿espera que salgan nuevas concreciones en este sentido de la asamblea?

–Lo necesitamos nosotros y lo necesitan aún más nuestros destinatarios. Hemos de dejarnos la piel en el apoyo y en el alumbramiento, si fuera necesario, de gestos y experiencias de vida que supongan construir relaciones personales, sociales, económicas, culturales… diferentes, basadas en la gratuidad, la solidaridad, la personalización, la socialización. Alternativas que, aunque pequeñas, sean visibles y plausibles, signos de que es posible y necesario vivir de otra manera. La gente de hoy, con razón está cansada de palabras, de que la lleven y la traigan, de que la engañen, de que la exploten, de malvivir. Hemos de ser honestos y creativos. Hemos de vivir lo que creemos.

 –La HOAC se siente parte del movimiento obrero, ¿cómo ve la situación del resto de organizaciones que aspiran a articular el interés común de la clase trabajadora?

–La HOAC es un movimiento de la Iglesia formado por personas que pertenecen a y viven en el mundo obrero y del trabajo, y que participan de manera natural en las mediaciones, de todo tipo, del mundo obrero. Efectivamente, vivimos un momento de fuerte cambio en el que también las organizaciones clásicas del mundo obrero están siendo fuertemente cuestionadas en sus objetivos, en su estructura, en su organización, en sus prácticas, en su capacidad de adaptación para recoger las aspiraciones y necesidades de todas las personas y colectivos, especialmente los más vapuleados.

Al igual que decíamos antes sobre nosotros mismos, todas las organizaciones del mundo obrero están llamadas a ir cambiando para reencontrar su papel y sentido en la nueva y compleja situación que estamos viviendo. A nuestro modo de ver, es imprescindible que las organizaciones vuelvan a hacer una apuesta clara por la reivindicación y lucha por los derechos de las personas más desfavorecidas y por la construcción de una realidad que ponga en el centro la dignidad, no el dinero.

 –En el actual contexto de globalización neoliberal y de la indiferencia, aspirar a humanizar las relaciones sociales, la política, la economía se antoja todo un reto, ¿qué puede aportar la HOAC en estos campos?

–Esperanza, perseverancia, fe. Nos jugamos mucho en esta tarea. Nos jugamos todas las personas nuestro futuro y nuestra dignidad. Es irrenunciable decir no a una globalización que favorece e incrementa de manera sistemática la desigualdad, que imponiendo la lógica de la utilidad mercantilizada genera exclusión por razones de edad, de sexo, de origen, de raza…, que niega la dignidad de la persona y que aborrece la moral. Nuestra fe nos lleva a decir no y a construir y proponer, desde ya, un mundo diferente.

 –El papa Francisco está abriendo una nueva etapa para la Iglesia Universal, ¿qué valoración hace? ¿Y de los relevos en la Iglesia de nuestro país?

–No solo la HOAC sino toda la Iglesia, y también muchísimas personas no creyentes, estamos viviendo esta etapa desde la alegría y desde la esperanza. El papa Francisco está ayudándonos a situar en el centro lo esencial, a ordenar nuestro esquema de valores poniendo en primer lugar las necesidades de los más pobres y animando al conjunto de la Iglesia a salir a las periferias para reencontrase consigo misma y con su misión más genuina: evangelizar, presentar la buena noticia y la alegría del evangelio a todas las personas, y vivir según Cristo vivió y nos enseñó. Y todo lo demás es complementario y, por tanto, posterior. El Papa nos está ayudando a resituar en el centro de nuestra vida y de nuestra acción (de la de todos y todas, no solo la de Cáritas) la caridad, la misericordia, la esperanza, la aproximación vital a los que sufren, a los descartados, la necesidad de cambiarlo todo para que eso sea lo primero y se haga posible. Es una propuesta de gran calado y para la que toda ayuda es poca.

La Iglesia de nuestro país, como la de otros lugares, está llamada a revisar su situación y, esto no es nuevo sino permanente, leer los signos de los tiempos para ver cuál y cómo ha de ser el mejor servicio que puede prestar a las personas y la sociedad para dar cumplimiento a su misión, que no es otra que presentar la propuesta del Evangelio actualizada según la realidad de hoy y vivir según él. La Iglesia ha de ir encontrando caminos para ser cada día más cauce de unidad y de comunión, de testimonio evangélico frente a las injusticias y los abusos, lugar de aliento y motivo de esperanza para los que tan mal lo están pasando. Ha de estar con todos pero ha de redoblar su presencia y su querencia por los más débiles, los preferidos de Dios, y eso ha de verse en todas y cada una de las acciones de la Iglesia, de todos y cada uno de sus miembros. Para la Iglesia española es también este un tiempo de conversión.

 –En este camino, ¿cuál debería ser la contribución de la HOAC

–Somos un movimiento de Acción Católica, un movimiento de la Iglesia para la evangelización de los ambientes del mundo obrero y del trabajo. Nuestra ilusión es trabajar con el conjunto de la Iglesia y, en especial, y por nuestra identidad, con nuestros pastores y con los demás movimientos de Acción Católica en esa tarea. Tenemos claro que hemos de contribuir, en la medida de nuestras fuerzas, a la renovación de nuestra Iglesia, trabajar por su implicación en la sociedad en la denuncia de lo injusto y en el anuncio de la buena noticia. Tenemos mucho camino por delante, muchas ganas de recorrerlo, vocación de comunión y necesidad de acompañamiento y diálogo. Nuestra Asamblea General será un impulso en ese sentido.

 

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