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Una nueva política

30 septiembre 2014 | Por

Una nueva política

Hablando de la inclusión social de los pobres, que considera debe ser el elemento central de una necesaria nueva política preocupada realmente por el bien común y la justicia debida a la dignidad de la persona, el Papa Francisco hace una importante llamada a las comunidades eclesiales: «Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficacia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos» («La alegría del Evangelio», 207).

Las comunidades cristianas podemos situarnos ante estas palabras y la seria llamada que implican de dos formas. La primera, pensando que son dichas para otros, que son otros los que tienen que cambiar. La segunda, asumiendo con humildad y realismo que son dichas para nosotros, que somos nosotros los que necesitamos cambiar. La primera forma de situarse es estéril, la segunda fecunda. En cómo acogemos esa llamada nos jugamos algo que es esencial para nuestro ser y misión.

Pero esas palabras (y las dos maneras de situarse ante ellas) son aplicables también al conjunto de la sociedad y de la vida y la acción política. Lo decisivo es cómo nos situamos ante los pobres, si sus necesidades y derechos son o no el centro de nuestros proyectos sociales y políticos. Porque el centro de la acción política, si ha de ser verdaderamente humana, no puede ser otro que «ocuparse creativamente y cooperar con eficacia para que los pobres vivan con dignidad y por incluir a todos». Sin esa preocupación práctica, cualquier proyecto social y político se disolverá en la pura apariencia y en discursos vacíos. Mucho más en una situación como la que hoy padecemos, con un crecimiento tan brutal de las desigualdades y con una grave fractura social.

Hoy existe en nuestra sociedad un sano deseo y una demanda de nuevas formas de hacer política. Es muy positivo que sea así. Pero esas nuevas formas de hacer política también corren el peligro de quedarse en nada si las reducimos a un puro formalismo y no somos capaces de hacerlas llegar a los objetivos, los contenidos, el punto de vista que centre la atención de la acción política. Ahí está el cambio fundamental que necesitamos en las formas de hacer política, en una nueva política: en que todo gire en torno a la lucha contra el empobrecimiento y la exclusión, en hacer posible una vida digna para todos. Porque lo que hoy está en juego es que sea posible o no la vida y la realización de las personas. Todo puede cambiar si pasamos del individualismo a la comunión. De lo contrario, nada cambiará.

En esa nueva política es esencial prestar una atención prioritaria a lo que está ocurriendo en el mundo obrero y del trabajo. Avanzar hacia un trabajo digno debería ser un objetivo prioritario de cualquier proyecto social y político que pretenda ser liberador y construir justicia en una sociedad decente. Porque una de las raíces fundamentales del empobrecimiento, la exclusión y las dificultades para la realización de la vida y del ser de las personas y familias es la violación de la dignidad del trabajo humano. Y las comunidades cristianas deberíamos sentirnos y estar vivamente implicadas en esta causa, la del respeto a la dignidad del trabajo humano, que es la causa del respeto a la dignidad de las personas.

 

Publicado en el nº 1564 de NNOO, mes de octubre de 2014
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